La Palabra
La palabra…, explicar su significado, darle uno que realmente refleje aquel pedazo de papel sucio en la union de lo que el conjunto de ellas produce en una persona sin ser notado por nadie más, me resulta tan incompleto como un abrazo paterno; no por falta de cariño, si no por su forma y mi temor; por mis sueños y su vida.
Me resulta tan dificil como sentir mi piel barrida por sus cinco decadas y media de esfuerzos, como acercarme cuando optaba por quedarce solo, como hallar en la tinta negra de algún libro antiguo sus ojos celestes y bohemios perdidos en el tiempo. Lo amargo de dicho abrazo no era el amor sino el orgullo.
La palabra…, la misma que cuando sale de sus labios logra convencer a cualquiera que tuviera unos pesos ahorrados, de asociarce con él (mi padre) para instalar un negocio donde sólo hay un galpón sucio y vacío. Las mismas palabras que cuando salen de algunos de sus amigos se vuelve todo un mandamiento; las palabras, las mismas, valga la redundancia que se deforman a los gritos entre nosotros aunque antes de ser pronunciadas tuvieron la misma concepción.
La palabra…, las palabras, puede que halla de sobra entre nosotros.
Ahora, con el pasar de los años, ese termino, esa voz sorda, a mí se me presenta como una bestia domesticada dormitando junto a mí, en el sillón contiguo, con los ojos entre abiertos y su estómago vacío, moviéndose al ritmo de una respiración agitada producto tal vez, de algún sueño revuelto o del recuerdo de hace sólo unos instantes, estar mordiendose la pata, lastimándose por el exceso de encierro, soledad y aburrimiento.
La palabra…, siempre fui bueno para llevarla directo al fuego; su música era para mí como el retumbar de tambores orientales en el pecho de un amordazado. Su oscuridad, la oscuridad de no ver en la oscuridad, no era más que desesperación, mi temor y consuelo cuando nadie de los que me rodeaba lograba entenderme.
Todo era para guardar: mi sonreir, mi afliccion, mis universos, mis razones, incluso mi fatalidad, todo. Y yo todo lo escondía, me escondía y a nadie le importaba; entonces era cuando me atrapaba el desvelo, me sujetaba de pies y manos como un suplicio de violines, como un laberinto de dudas entre los pasillos del recuerdo y las alucinógenas salidas del olvido.
Me quedaba en silencio, solo. Es que tenemos tanto de nuestros padres que me aterro con sólo decirlo.
La palabra…, para mí es un sueño que no deseo olvidar al despertar, un incapaz que podría ser yo. La palabra…, tan sólo es de los demás.
Narración: Martin Schirripa
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
