Invasión Sutil
Casi no noté su presencia cuando se sentó junto a mí, en ese mi banco habitual, frente al mar. Casi no me di cuenta de que empezó a hablar, como quien narra un cuento.
- Mi cuñado(1) seguramente definiría las olas como “se acercan a la playa exultantes, enarbolando enseñas blancas como señal de poderío, rugiendo, para alejarse derrotadas…” Yo, sin embargo, miro el mar y pienso que nos invade sutilmente de tristeza… Más allá está el exilio. Para muchos, significó el olvido. Yo tuve suerte. Soy un cuentista que cayó en gracia. Tal vez porque mis cuentos eran como esa época: surrealistas, absurdos. O tal vez porque los gobernantes y poderosos no los entendieron jamás: eran demasiado raros, intrigantes… No sucumbí al desánimo gracias a mi sentido del humor… Conseguí volver. Me sentí muy querido, aunque ya no era ni la Barcelona recordada, ni la Cataluña que dejé.
- Pero… ¿de qué época estás hablando? – ese hombre no tendría más de cuarenta años.
- De la posguerra en el exilio, del regreso…
- ¡No puede ser! ¡No la viviste! ¿quién eres?
- Me llamo Pere y dos apellidos más. Nací anteayer y ya estamos en pasado mañana. Ahora únicamente pienso en cómo pasaré el fin de semana.
Su autobiografía me sorprendió y me gustó. No tanto la fijación que tenía en que yo, que ni tengo los ojos rasgados ni mucho menos aire oriental, era japonesa. Cuando empezaba a enfadarme, dijo algo me desconcertó, pero también me gustó.
- No se deben olvidar a los cuentistas… Cuando no se nos lee dejamos de existir. Pero si nos leen, y se habla de nosotros, rejuvenecemos.
El ladrido de un perro captó mi atención unos segundos. Fue suficiente para que el tal Pere desapareciera con la misma facilidad y silencio como había aparecido.
En el banco, a mi lado, simplemente había un libro, algo ajado. Se titulaba “Invasión Sutil y Otros Cuentos”. Pere Calders, el mismo Pere que hacía unos minutos intentaba convencerme sobre mi origen japonés, me miraba desde su solapa.
El libro tiene cuarenta años.
(1). El cuñado de Pere Calders, Avelí Artís Gener, Tísner, es conocido sobre todo por sus crucigramas. Durante muchos años, desde su vuelta del exilio hasta prácticamente su muerte, publicó un crucigrama diario en La Vanguardia y sus definiciones eran verdaderas joyitas (“alza la bandera verde en señal de libertad: TAXI)
