Gante Ciudad Imperial
Todas las ciudades poseen un encanto que las diferencia del resto, que compite por ser las protagonistas del viaje que el turista sueña con realizar. Desde Bruselas que es ahora la capital de estos extraños estados desunidos de Europa, nos fuimos a esta ciudad en la que vio la luz por vez primera el emperador del “Sacro Imperio Romano Germánico”, emperador de Alemania y rey de España, Carlos I.
Sus calles me hicieron remontarme a tiempos en que el renacimiento pugnaba por vencer al oscurantismo religioso y militar que impregnaba la Europa del siglo XVI. Paseé por ellas disfrutando de sus edificios bien conservados y limpios, penetrando en su catedral, en la que un púlpito de mármol y algunos dorados eran todo lo que quedaba de su rancio esplendor que contrastaba con lo sencillo de su interior, más inclinado a servir de oratorio para los fieles. Salir de ella fue como abandonar a una mujer que absorbe la energía de quien con ella se halla.
El canal que parte en dos Gante, como una gran cicatriz que sin embargo la une por estilizados puentes, enseña sus encantos a quien desea compartirlos, atrapando el viento entre sus dos orillas. Un navío de recargados dorados que recuerdan los tiempos imperiales del siglo XVIII, y que surca el canal con los viajeros a bordo de sus tablas recién pintadas, reina sobre el canal.
Al fondo como guardián eterno de los habitantes, y secuela de las guerras religiosas que se libraron en ofrenda a la intolerancia de la época, dios aún vivo, se alza el castillo de los condes de Flandes. Ese era uno de mis objetivos, y Marta y yo nos encaminamos a su entrada que ahora ve el foso reseco y verdoso a cusa de lo vacío de sus piedras, que antaño contuvieron el frenesí de los ataques de enemigos poderosos, con sus tumultuosas aguas. Sus torres aún conservan la elegancia de unas almenas firmes y unas estancias que sumergen al visitante en un mundo rudo y sangriento en el que el honor se lavaba con la muerte y la familia y el dios a que se adoraba eran lo más importante.
Instrumentos de tortura en el salón principal daban fe de cómo eran entonces las cosas. No obstante, yo disfruté de aquel ambiente medieval, al que tan adicto soy, y por unos instantes me permití convertirme en el señor del castillo, dominando desde su torre del homenaje el paisaje que se extendía hasta donde era capaz de alcanzar la vista. El castillo se eleva entre los edificios aún desafiante, para demostrar que todavía es posible cometer aquellos errores que aún no son pasado.
Una sensación nueva y maravillosa se produce cuando la imaginación es capaz de trasladar a quien lo visita, en alguien que formó parte de él.
Cuando escapamos de su hechizo secular, nos sentamos en un café que apenas tenía seis mesas cuatro de ellas afuera, y que rebosaba de especial personalidad. Un café fuerte y una vista de un puente medieval sobre el caudal que se deslizaba poderoso y arrogante bajo él, nos repuso las fuerzas y nos permitió seguir descubriendo Gante. Su bandera amarilla con un león negro de garras amenazantes campaba en cada lugar que aparecía ante nosotros, como advirtiendo de lo importante de su historia al extranjero.
Gante es una ciudad en la que los chapiteles de iglesias emplomados en pizarra, y las agujas de éstas, compiten con la torre de los comerciantes aún más alta, y la lonja de los mismos. Estatuas de bronce verdoso por el tiempo, y plazas empedradas, rodeadas de casitas de refinado gusto medieval también, confieren a Gante rasgos de los que otras ciudades aún más importantes carecen ya hoy día. Un tranvía crea la sensación ensoñadora de que el siglo en que se vive es el diecinueve.
Sus cafés, rincones y gentes afables y sonrientes, que colaboran siempre con el viajero que llega hasta ellos, acogen a todos los que respetan y admiran la historia dándoles cobijo y estímulos para regresar a ellos. Un paseo por el canal, de aguas tranquilas, paladeando sus casas, y palacios señoriales que dieron albergue a comerciantes ricos, que trajeron nuevas costumbres y objetos entonces raros en la Europa de la guerra, dejarán en el turista el sabor de la vieja y tan criticada Europa.
Foto: Kendall Maison
