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Recorriendo Ámsterdam

Estatua de Ana FrankExisten muy escasas ciudades en las que los distintos tipos de viajeros puedan deambular por ellas con absoluta tranquilidad, sin ser molestados por prejuicios de tipo alguno. Una de esas es Ámsterdam, aunque yo casi me atrevería a decir que resulta ser la única.

Eran días en los que la lluvia jugueteaba con el sol, coqueteando con alegre desenfado. El ayuntamiento otrora palacio del rey, se enclavaba en el centro neurálgico de la ciudad con su estilo cuidado y neoclásico. Ante él se abría una plaza de grandes dimensiones que bullía de gentes en un flujo continuo.

Pasee de la mano de Marta con el deseo de confundirnos en el maremagnum de razas y lenguas que emulaban a la Babel Bíblica, compitiendo con ella deslealmente. Entramos en una tienda en la que la mayoría de los objetos sonrojarían a más de un mojigato que jamás viese cosa semejante. Compramos algunas cosas entre risas y bromas, y al salir nos dedicamos, a observar a la gente en su ir y venir por las abarrotadas calles literalmente recubiertas de bicicletas. Nos dirigimos más tarde a un taller donde tallaban diamantes y un atento gerente nos paseó por las distintas dependencias en las que se desarrollaba el proceso de talla.

Yo que soy como las urracas y me dejo fascinar por las gemas preciosas, disfrute de la hospitalidad de aquel holandés que me transmitía sus conocimientos con deleite al ver como sus improvisados alumnos se recreaban en su trabajo. El tiempo voló como una mariposa cuya vida es corta pero intensa, y al salir el gerente nos regaló un viaje por los canales de la ciudad. Ni que decir tiene que lo siguiente en nuestro deambular por Ámsterdam fue meternos en uno de sus barcos y disfrutar del maravilloso paisaje que a ambos lados nos trasladaba a épocas pasadas. Reímos y fotografiamos a los indefensos edificios, que recibieron nuestro amable fusilamiento fotográfico con gusto. Una de las casas que se ven es la de Ana Frank, y la sonrisa se trocó en serio gesto, de respeto, tristeza y reverente afecto hacia los que murieron entre las crueles manos de sus verdugos por el “delito” de tener otras creencias, ajenas a las de los conquistadores. Abandonamos el bote e hicimos una larga cola para penetrar en el horrible mundo del dolor, y mantener así el recuerdo de quien se atrevió a escribir sus vivencias en papel. Alguien dijo una vez que la pluma es más afilada que la espada. El refinado estilo de muebles que sus padres tenían y el ingenio de quien desea sobrevivir, se manifestó ante nuestros ojos sin ambages. Sólo la terrible traición de una vecina, que los denunció causando su ruina, les derribó inexorablemente. Lloré en silencio, y desde entonces un trocito de mi corazón se quedó con los todos aquellos que han tenido que sobrevivir y a los que admiro por su lucha a lo largo de la historia.

Nos costó cambiar el chip, y continuar, pero en honor a Ana Frank, olvidamos el dolor y nos dirigimos al museo naval, otra de mis pasiones. Allí subimos a un navío de línea del siglo XVIII, “El Ámsterdam” donde se desarrolló un ataque pirata muy bien escenificado, y que recomiendo a todo el vaya, pues casi nadie sabe de esto.

El capitán ordenó cargar las culebrinas y apuntar al mástil central para desarbolar al barco enemigo. Dos cañonazos sonaron con el estrépito que conllevaba, aturdiendo los oídos, y con sus camisolas manchadas por la pólvora que ardía sin enviar proyectil alguno claro está, los encargados de los cañones nos sonrieron y saludaron en ese idioma tan complejo para quien no tiene la suerte de conocerlo. La nave se balanceó suavemente como agradeciendo nuestra atención, y el capitán nos condujo por el dédalo de cubiertas y bodegas en las que nadie vivía como antaño. Volví a ser un niño como aquel que se quedaba atontado por lo que era su hobby favorito.

El día fue extraordinario y lo terminamos en un antiguo castillo del siglo XV, en el que cenamos como señores feudales servidos por camareros ataviados a la antigua usanza. Los tapices colgaban de las paredes y las espadas se cruzaban en panoplias con las armas del señor feudal que lo enseñoreó antaño. La noche cubría con su dulce manto los chapiteles de las torres, y nosotros prometimos que al día siguiente proseguiríamos con nuestro escrutinio de la ciudad que simboliza la libertad por excelencia.

Un paseo por Ámsterdam le convendría a quienes desean abrir sus mentes.

 

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Narrado por Kendall Maison el 25-01-2008 [1 Comentario]

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1 Comentario

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  • 1.- Narrado por Alicia Rosell el 6-02-2008

    Hola, Kendall: siempre me fascinó la historia de Ana Frank. Vi la película siendo una niña y fue de los primeros enfrentamientos que tuve ante la cruda realidad del mundo en que vivimos.

    La novela también la leí, siendo ya adolescente. De una calidad inusitada en una niña de trece años, ya se llamaba escritora y aspiraba a serlo cuando fuera mayor… y aunque no llegó a vivir, sí vivió su obra y quedó su nombre grabado a fuego para la posteridad. Fué, sigue y será siempre lo que ella sentía ser: una buena escritora.

    Un texto tuyo éste, nuevamente lleno de belleza, sentimiento contenido y una prosa exquisita.

    Te felicito por ello. Nos leemos, amigo de letras.

    Saludos cordiales,
    Alicia.




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