Cúpido: Inventor del Limpiaparabrisas / La Soledad
Cúpido: inventor del limpiaparabrisas
Acababa de cerrar la puerta. Aquella de madera que carcomía sus lados. El portazo anunciaba que las cosas no iban bien. Mi concentración se mojó con el contacto del agua que bajaba desde arriba. Las gotas resbalan a través de mi cuerpo; llovía copiosamente.
Por mi cabeza sólo caminaba una idea: dejar a Lucía; pero no lo tenía del todo claro. Dudaba, siempre dudaba: decírselo ahora o callar para siempre. Yo la quería: me afirmaba a mí mismo con la cabeza. Mientras, por la calzada circulaban bajo la lluvia intensa coches, muchos coches. Todos siguiendo el mismo criterio. Todos dirigidos por el veredicto de sus limpiaparabrisas: aquellos que se movían de izquierda a derecha. Un movimiento obsesivo que negaba, que me animaba a renunciar a mis pretensiones de dejarla. Los coches insistían en su empeño. No vacilaban. Se mostraban imperativos. Eran muchos. Eran como un no lo hagas persistente. Las dudas ante tal insistencia me obligaron a replantearme las cosas. La decisión estaba tomada: abandoné. Cerré los ojos y di media vuelta.
Caminaba con las manos abrigadas en los bolsillos y con paso indeciso. Antes de abrir la puerta regalé unos segundos a la reflexión: -Cupido: inventor del limpiaparabrisas- pensé en un acto de lucidez mientras esbozaba una sonrisa contenida. Lucía seguía siendo mi novia.
La soledad
Cada vez que salía de casa lo hacía solo. Solo sin nadie, con un simple abrigo hasta las rodillas y un sombrero lanudo que terminaba en visera. Su color era gris como el de la propia soledad. Precisamente, la soledad la vive uno cuando no es capaz ni de percibir los pasos de su sombra; cuando la comunicación se convierte en una afectada conversación que supone un respiro de felicidad, que como ella misma, aparece únicamente en fechas señaladas.
La última fecha señalada fue el día de mi solitaria muerte. Enterrado por tradición y abandonado en una caja de madera a cuyo extremo se alzaba un sucio epitafio. Aquella noche una muchacha, acudió al cementerio y limpió voluntariosa y lacrimógena el polvo incrustado en la tumba. Al leer: A LUCÍA PORQUE CREO QUE TE LLAMABAS ASÍ se echó a llorar desamparada y solitaria; decepcionada con su timidez, reflejo de una personalidad excesivamente cauta y calculadora.
Narración: Daniel Sánchez
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
