Adán y Eva, El Conflicto

– Se acabó. Ahí te quedas. No lo aguanto más.
Adán, ceñudo, con cara de pocos amigos, el temblor de su labio delatando la tensión que siente, no puede entender qué hace Eva todas las tardes, que lo deje plantado sin dar ninguna explicación y desaparezca hasta el anochecer.
Ella trata de contemporizar e intenta hacerle hablar para que se calme.
– Pero cómo te vas a ir si es ya de noche y los chacales y las hienas andan merodeando por ahí.
– Me da igual. No quiero estar aquí, contigo. ¡No te aguanto!
– ¿Pero, qué te pasa? ¿Por qué me dices eso?
– ¿Que qué me pasa? ¿Me preguntas que qué me pasa? Todas las tardes desapareces. A ver, ¿adónde vas?, ¿qué andas tú sola por ahí? ¿Se puede saber qué haces?, porque yo no tengo ni idea.
– Son cosas mías, Adán. No tienen mayor importancia. Tengo cosas que pensar.
– ¿Cosas tuyas? ¿Pero qué cosas son las que tienes que pensar? Me dices lo que me tengas que decir y ya está. ¿Pero cómo puedes ser tan complicada? No te entiendo, Eva, es que a veces no sé si estás o no estás. Es como si estuvieras en otra parte. Y en cuanto como y doy una cabezada, desapareces.
– Confía en mí, hombre. ¿Es que no confías en mí?
– Pues no. Ya ves, no confío en ti. El otro día te seguí. Sí, me hice el dormido y en cuanto te fuiste, te seguí y os descubrí. ¿Quién es ese tipo, eh? Y dime, ¿qué asuntos os traéis entre los dos que tenéis que veros a escondidas? Huele mal, ¿verdad? Eva. No sé qué vas a poder explicar, pero lo que vi no deja lugar a dudas: te entiendes con él, ¿no es cierto?
– No, no es cierto, Adán. ¿Cómo puedes pensar así? Necesito ayuda y él me está ayudando.
– ¿Ayuda? ¿Y yo qué pinto entonces? ¿Por qué no me pides a mí que te ayude?
– Adán, siento decírtelo con crudeza, pero ¡tú eres el problema!
– ¿Que yo soy el problema? Oye, tú no estás bien de la cabeza, ¿cómo puedes pensar que yo soy el problema? Lo que me faltaba por oír. La mujer lo tiene claro: yo soy el problema. ¿Y el del manto luminoso también dice eso?
– Sabes lo que te digo: que eres muy bruto, Adán. Que no te das cuenta de las cosas. No sé cómo explicártelo, pero no todas las cosas se resuelven dando mamporros, o a base de fuerza bruta.
– Ya, y entonces ¿cómo hay que resolverlas? Dímelo, mujer sabihonda. A que va a resultar ahora que eres tú la que sabe resolver problemas, que tú entiendes de las cosas y yo no. Estupendo, si yo no pinto nada me puedo ir tranquilamente. Ahí te quedas. Tú verás lo que vas a hacer cuando estés sola. Bueno, ¿sola? No, claro, te quedas con el del manto. Él te dirá lo que tienes que hacer. ¿Ves?, me puedo ir tan tranquilo. No pasa nada.
– ¡Cómo sacas las cosas de quicio!, Adán, parece mentira que no te des cuenta, que ya no te acuerdes, ¿verdad? Sí, sí, del día que te pillé con la dichosa cabra. Se me revolvieron las tripas; ya ves. A ti en cambio, te pareció tan normal. Me quieres hacer tragar sapos y culebras porque tienes el capricho de joder con la cabra. Esto es lo que tienes que meterte en esa cabezota, que eso me humilla, y si me humillas las cosas entre tú y yo no funcionan. O la cabra o yo. Elige.
– Aún no me has explicado lo del otro. Lo de las visitas en el claro del bosque al del manto luminoso. Lo de la cabra tiene su explicación.
– Ah, ¿sí?
– Pues, sí. Perdió a su cabritillo. Lo vi despeñarse. La madre tenía las ubres rebosantes de leche. Que cosa más natural que aprovechar la ocasión. En el fondo la cabra me lo agradeció. Y de lo uno vino lo otro. Son cosas que pasan, a las que no hay que dar más vueltas, mujer.
– Ves, eso es lo más irritante. Tú tienes que ser el que decide lo que está bien y lo que no, y yo a tragar. Pues ni lo sueñes.
– Claro, y entonces tú te buscas un asunto para fastidiarme.
– Óyeme bien. Eso es lo que no puede ser, no es justo que lo que tú decidas hacer, esté bien y, en cambio, lo que yo haga esté mal porque a ti no te gusta.
– ¿Me vas a explicar de una vez por qué vas todas las tardes al claro del bosque? Yo ya te he contado lo de la cabra. Te gustará o no, pero ahora haz el favor de decirme por qué te ves con ese tipo. ¿Quién es? Y ¿qué hacéis los dos juntos?
– Ya te he dicho que me sentía mal contigo, estaba asqueada, harta de tener que satisfacer tus caprichos y deseos. No podía seguir viviendo como si no pasase nada. Un día decidí marcharme, escapar de aquí. Esperé hasta asegurarme de que dormías. De noche, me interné en el bosque. Llegué hasta el río y pensé cruzarlo. Me daba miedo, el agua bajaba con fuerza, pero decidí arriesgarme; si lo cruzaba, no podrías seguirme. Busqué por los alrededores alguna rama que me ayudase a cruzarlo y entonces lo vi a él. Estaba sentado en una roca, cubierto con un manto que desprendía luz. Era un ser parecido a nosotros, aunque diferente, que sólo mostraba su cara y las manos. Su porte me infundía confianza. En ningún momento dudé, ni sentí miedo. Con un gesto me indicó que me acercase y, sin dudarlo, me senté a su lado. Estuvimos un buen rato sentados en silencio. Sin embargo, yo sentía que en su presencia mi corazón se aquietaba, sin palabras ese ser me infundía paz, sosiego, calmaba mi enojo contigo, acrecentaba mi confianza. Nunca le he tocado, ni él me ha tocado, pero ese ser transmite una energía que me sana, que me llena de alegría y de vida. Gracias a él estoy aquí; si no, habría desaparecido de tu vida o estaría muerta. No tengo ninguna duda.
– Resulta difícil creer lo que cuentas. Pero… tan difícil, o incluso más, es que tú puedas inventar una historia así.
– Te comprendo muy bien, Adán. Yo misma me pregunto muchas veces si lo que vivo en el bosque es un sueño o es real. Pero hay algo absolutamente cierto: el cambio que yo he experimentado. ¿A qué se debe? ¿Existe esa energía que yo he sentido? Mira, ahora sé con certeza lo que tengo que hacer, lo que quiero y voy a hacer.
Narración: Eduardo Medina
Ilustración: Jesús Prieto
