Ganga Ma
Dice la leyenda que el Ganges es en realidad un caudal que se derrama desde la cabeza de Brahma, y por ello es sagrado para los hinduistas. Ellos le llaman Ganga Ma, o madre Ganga. Es uno de los ríos más importantes del mundo, y a donde llegan numerosos peregrinos para purificarse en sus aguas.
Cuando llegamos a Venarés, eran las dos de la madrugada, y lo primero que hicimos mi mujer y yo, fue recorrer las estrechas callejuelas de la ciudad, que se retuercen en un dédalo de senderos embarrados y oscuros, para acercarnos a ver las cremaciones en el río Ganges. La luz escasa de las antorchas y el murmullo de los cánticos de los intocables llenaban el aire de la fría noche india, que aturdía con su olor a especias y sudor entremezclados.
En unos altares de piedra tan antiguos como el tiempo mismo, se amontonaba la leña sobre la que descansaba el cadáver envuelto en vendas blancas, pues se trataba de un varón. Una larga hilera de intocables depositaba la madera, que es un trabajo exclusivo de su casta, y del cual extraen su sustento, en los costados de la pira funeraria, con maestría de años.
Algo más allá, otro cadáver, esta vez envuelto en vendas anaranjadas, por tratarse de una mujer, se disponía a seguir su camino en paralelo. Un sacerdote hindú pegó su antorcha a la pira y ésta comenzó a arder. Ambas ardieron, con un crepitar estrepitoso, que lanzaba chispas al aire de la noche fría y desapacible. El olor acre y dulzón de la carne quemándose es algo inolvidable, que dice a quien observa en lo que se convierte todo ser humano, sea bueno o malo, en cenizas muertas.
Cerca de las piras un edificio siniestro se alzaba desconchado y gris, era la leprosería de la que salieron varios hombres y mujeres que se quedaron a prudente distancia en espera de que se les diera alguna limosna para poder quemarse cuando su hora llegase. Su aspecto cubierto de harapos era digno de una película de terror, pero se trataba de seres de carne y hueso. Olían a muerte y a podredumbre y sin embargo yo solo supe distinguir el dolor de sus cuerpos lacerados por la cruel enfermedad. Les dieron dinero, que echaron a una caja común, lista para usarse con el que primero muriese de ellos. Un nudo me atenazó el espíritu, y mi garganta apenas pudo pronunciar palabras. Mis ojos pugnaron por dejar escapar lágrimas de solidaridad, que como buen occidental reprimí a duras penas. Aún ahora que os lo estoy contando un nudo me oprime el alma. Los cadáveres se fueron consumiendo, y las cabezas cayeron al suelo, de donde los intocables las tomaron para situarlas sobre los cuerpos junto con los pies que también se rompieron cayendo con sonido siniestro. Cuando estuvieron convertidos en cenizas el sacerdote las echó al río, a Ganga Ma, para que no se reencarnasen de nuevo, lo cual es el objetivo de los hinduistas. Las losas quedaron vacías y nosotros como apenados por lo visto, regresamos al hotel a disfrutar de nuestras superfluas comodidades.
Al día siguiente el agua había inundado la ciudad, algo habitual allí, y en uno de los transportes que son en realidad una calesa tirada por un nativo en bicicleta, recorrimos los templos de la diosa Kali, revestidos de barro pintado de rojo y algunas de sus cúpulas de oro puro. Los habitantes con el agua sucia hasta la cintura, iban y venían sin inmutarse a sus quehaceres cotidianos, sin que nuestra presencia les alterase su vida. Fue un largo y maravilloso viaje, que nos deparó muchas sorpresas pero esas son ya parte de otro relato.
El rojo de la ciudad me acompañó siempre en mis retinas.
