Un Sombrero con Colmillo Blanco
No podía ser de otra manera. Tenía que encontrarlo allí, en la barra de un bar, irlandés por más señas, con una copa de Jameson en la mano y el sombreo en su cabeza, así, como para no pasar desapercibido.
Recibí la enigmática postal (doblemente misteriosa pues ¿quién escribe hoy en día, aún, postales y las manda por correo ordinario?) un lunes citándome para el miércoles siguiente en la Taberna irlandesa “a la que voy en busca de inspiración, ponía textualmente”. Firmaba Jack London y, aun así, decidí acudir.
El presunto Jack estaba aparentemente tranquilo, pero desde el rincón umbrío donde me refugiaba desde hacía un buen rato (curiosa, sí, pero cauta) observé que su mirada se posaba en cada una de las mujeres que entraban. Cuando me pareció que Jack empezaba a impacientarse, me dirigí a él.
- ¿Jack? – mi voz sonó a anuncio navideño de colonia masculina. Él me miró y la escena, el entorno, el bar, mi vida entera, todo, al instante se tornó más trascendente. Me saludó con extremada cortesía de antaño.
Sonaba el tema “…y giro entorno a la estancia…” de Battiatto, un tanto incongruente entre tanto cartel de tucanes de Guinnes e imágenes de la verde Irlanda. Nos sentamos en una mesita y nos tomamos varias copas balsámicas. Dejé que me contara su impresionante vida, al filo entre lo real y lo imaginario, pensando que no hacía daño a nadie que alguien, de forma tan apasionada y apasionante, suplantara al escritor Jack London.
Sólo tuve algo de temor cuando vaticinó que se acercaba una crisis devastadora que retornarían a la supuesta humanidad a la que pertenecemos a la Edad Media de nuevo, tal y como la conocemos por la historia europea.
El giro de la charla me disgustó, pues incluso estando convencida del fin de nuestro insostenible mundo tal y como lo entendemos hoy, me fastidian los anuncios apocalípticos.
Jack hizo algo más: me entregó un relato inédito, una nueva “Crónica de Tiempos Futuros” en la que contaba cómo evitar la cadena de catástrofes e, incluso, cómo mejorar el planeta.
Luego se esfumó.
Francamente, no sé porqué me lo entregó a mí. No sé qué puedo hacer yo, que no soy ni Coelho, ni Al Gore, ni ZP… Desde hace días visto con su sombrero, del que cuelga un pequeño brillante colmillo blanco, tratando de encontrar una idea genial… Tal vez si lo cuento en www.narrador.es, los lectores, perspicaces, tomen conciencia y empiece ya de forma lenta pero irremediable el cambio a otro mundo posible y mejor.
