Carta Abierta a Fernando García Pañeda
He terminado de leer su novela “Las lágrimas de Eurídice” (Áurea Ediciones, Barcelona, 2007).
Algo que no quiero dejarme en el tintero es que, de entrada, le reconozco un gran mérito a la persona que se atreve a escribir una novela, a dar forma a una narración.
Hay varios extremos que me han llamado la atención. Empecemos por hablar de la trama y del tiempo y el espacio de la narración. Si quería escribir una novela de aventuras, enmarcada en el TIEMPO de la tercera guerra carlista, que aparece como trasfondo en la narración, lo ha conseguido. El que quiera profundidad histórica que la busque en los tratados de historia. Me ha sorprendido el amplio conocimiento que despliega del ESPACIO geográfico. Se advierte que es un buen conocedor de su tierra y un gran amante de ella. Con decirle, sinceramente, ¡eh!, que me han entrado ganas de no quedarme sin visitar el País Vasco algún día, se lo digo todo. En cuanto a la trama tengo que decir que está expuesta al lector en dosis fragmentadas, en subcapítulos dentro de los capítulos, algo así como la escritura fragmentaria de que hemos hablado en Narrador, lo cual facilita la lectura.
No quiero dejarme atrás a los personajes de su novela: Martín, Pello, Corito-Eurídice,…, que me parecen muy bien conseguidos, estupendamente perfilados.
Respecto del vocabulario quiero decirle que es grato leer frases en euskera, francés, latín,… No abundan, pero dejan una impronta de la cultura del autor en la narración. Me he sorprendido con vocablos no utilizados hoy, pero quizás sí en la época —siglo XIX—: graveza, comblezo, etc. Y con las palabras inventadas (todos los que escribimos nos inventamos alguna): ‘Metamorfóseos’, que no admite significado alguno en el diccionario de la RAE, pero intuimos qué significa dada su indudable etimología griega. Hace unos días escribí ‘simbiotizado’, que no acepta tampoco la RAE, pero cuyo significado imaginamos también.
García Márquez se quejaba de que exista ‘condolencia’ y no se admita ‘condoliente’, palabra que resulta bella y que en los 22 países que hablamos el mismo idioma se intuye claramente su significado porque encaja perfectamente en lo que alguien ha denominado el ‘genio’ de nuestro idioma.
Hay algo que me ha encantado de manera muy especial y ha sido el conocimiento profundo que ha desplegado de la mar —digo la mar, con nombre de mujer—, de la navegación y de los marinos. Resulta asombroso. Un vocabulario preciso, amplio y muy profesional. Deduzco que, aparte de su profesión habitual, algo debe tener de ‘marinero’. ¿Ejerce alguna actividad en el mar? Si no, es el que mar le atrae tanto como a algún ilustre paisano tuyo (Pío Baroja, para mí don Pío). Sabe que escribió su trilogía del mar y nos dejó bien claro la clase amor que le profesaba.
La presentación de la novela, muy buena. Excelente ilustración de portada y papel de buena calidad en su interior. El título de la obra, acorde con el contenido, ya anticipa algo cercano al mito de la ninfa griega. No me ha gustado que la editorial encuadre su novela dentro de la colección histórica, ya que no es una novela estrictamente histórica, pero al ser, supongo, una editorial modesta…
Algo en la solapa interior referido a su persona me ha dejado intrigado: Colaborador del semanario Shalom de Estambul, con artículos en judeo-español. ¿Sí? Jolín, eso suena interesante.
Ya le dije que no podría constreñir mis impresiones en una sola frase acertadísima equivalente a la del académico, en algo así como: ‘He disfrutado más que un guarro —creo que dijo gorrino—en un charco’, expresión popular mencionada a veces por el Sur. Lo digo por lo de ‘guarro’ primordialmente. En mi caso, he preferido decirle lo que he visto en su novela por medio de esta carta.
Si estuviera en su lugar, haber escrito una novela como la que estamos comentando, me serviría de estímulo para abordar otras empresas narrativas de futuro.
Saludos.
