Ciudad Desnuda / Desencuentro / Elegía a la muerte
Ciudad Desnuda
Llegó el otoño,
la llovizna incesante,
el sabor a pobreza nos acecha,
de angustias se pintan los amaneceres grises.
La ciudad es un promontorio callado,
un páramo triste.
Nuestros temores nos preceden
y la seguridad viaja por senderos dudosos,
días de rezos, miedos y arrebatos.
Los mendigos seguros en sus indigencias
ven pasar la vida en las plazas.
Los ancianos deambulan tristes,
muchos buscan mendrugos en los residuos.
En las calles vacías no se oye el viento,
pero el silencio no es quietud,
son gritos ahogados de angustias
por promesas olvidadas.
Como muchos,
me desplazo sigiloso
por las aceras rotas
y en la penumbra
los comercios se deslucen tras las rejas.
Los móviles policiales patrullan lentamente
y llevan encendidas sus luces giratorias,
no atraparan a nadie,
ni lo desean.
Los violentos están por doquier y
que llevan dolor en sus manos,
y con armas,
alcohol y drogas nos franquean.
La tristeza es para muchos,
la pena para todos,
la urgencia es constante,
la maldad y el robo no duermen.
Hoy la caridad será esquiva,
como la decencia misma.
Desencuentro
Estas lejos de mí y estoy tan cerca
de la suavidad de tu rostro al áspero invierno,
en tu crisol de risas y miradas brillantes
formas sutiles, aromas melosos, ligeros atuendos.
He cruzado por sendas escabrosas
recorriendo dos tercios del camino,
espinas y miedos tallaron mis manos,
sin anhelos heroicos ni aventuras
abandono el decoro y la ignominia.
Este olvido silencioso es mi morada,
mi idilio la tristeza, el cansancio, la decidía,
tú la luz de la luciérnaga que hirió la noche,
tú la nube viajera,
yo el sendero sombrío.
Quedaré taciturno en tu partida,
viajarás rauda por silenciosos pasajes,
y al final cuando regreses
de amarguras llena y de rostro frió,
hallaras la casa de tus metas,
vacía , melancólica y minúscula,
corroída por el tiempo,
solitaria, húmeda, marchita,
con los muebles rotos, deslucidos,
desde nuestra cama de soledad y de desdichas
mi alma habrá partido.
Elegía a la muerte
Te movías tan silenciosamente
que sólo sentí crujir tu silla de pájaros,
y me hirieron tus ojos de neblina
como una lanza de hielo en el alma.
Solos en la noche
tú elevaste las manos
como un racimo de claveles asustados,
y en un magistral golpe de estrellas,
danzaron dos gritos, farolas y charcos.
Los vistes medirse con miedos las manos
teñidas de celos, licores y barro,
anhelan sus ojos la pelea y la sangre.
La noche esta fría,
cantan los puñales,
melodías de acero, de luz y de muerte.
Narración: Roberto Attias
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
