Mem
Del sufismo al arrianismo, pasando por el pietismo, el budismo y el marxismo. Su agostada y extraviada alma finalmente encalló en el nihilismo, ese lugar que prescinde de todo compromiso o creencia sin querer renunciar a nada. No obstante, sus estudios cabalísticos no habían dejado de formar parte de su vida: y es que (sin olvidar su inmersión juvenil en los ritos órficos y todo el abracadabrante consorcio de ideas numéricas de los pitagóricos) la divinidad-ahora añorada o negada-le parecía que de estar podía descansar en los números, las relaciones, las matemáticas. Tomando así el logos como una parte de Dios acostumbraba analizar denodadamente cada suceso extraño o escaso que se terciase en su vida. Todo era cifra, pues en la sombra de un árbol podía adivinar una ecuación; en el ladrido de un perro podría ocultarse un axioma del cálculo infinitesimal. Pero todo conducía a lo mismo, a una esencia indiscernible, un tao dormido y ajeno pero regente del inefable cosmos.
No comprendía el concepto probabilidad; no quería comprenderlo porque lo superaba con su inusual forma paracientífica y metafísica de comprender los sucesos y la vida. Según él el azar no era más que ilusión. ¿Y cómo herramienta matemática?, también ilusión. ¿Y Dios?, ahí según él estaba el problema, si la vida no era ilusión (recordaba a Berkeley) entonces Dios tampoco. Entonces el azar era la nada, era tan posible atravesar una pared (posibilidad permitida según las leyes de la mecánica cuántica) como que el sol se levantase por el este. ¿Y la frecuencia?, cero al infinito, pero eso para él no era un problema. Podría morir mañana, o permanecer siempre vivo, pues que era a fin de cuentas la muerte sino un suceso extremo de rango gaussiano.
-Pero usted, don Jacinto, qué demonios es, ¿matemático, teólogo, filósofo?
-Nada de eso, no; yo no soy nada, si acaso se me puede caracterizar en algo (y es que cierta concepción del ser ya da paso al ser, confundiendo y embozando en un sortilegio confuso la esencia de todo), lo que soy, digo en todo caso, podría ser algo parecido a un teósofo, pero un teósofo gnóstico; la gnosis, el tao, el logos, llámelo usted como prefiera, esa es mi búsqueda, pero a través de su propio lenguaje: el cálculo infinitesimal, las ecuaciones diferenciales y el cálculo variacional.
Contestaba así a aquellos viejos amigos y otros excéntricos conversadores que con él se juntaban en las grises o tristes tardes de invierno en el bohemio Café Roma, céntrico establecimiento ovetense donde tantos bohemios y vesánicos parroquianos conjuraban contra la realidad o simplemente hilvanaban ripios contra la República. Contestaba con largos exordios y trémulas filosofías, envolviendo el tiempo en un sofisma parmenideano, diseccionando la naturaleza de la esencia como dictando de corrido la Ética de Spinoza, desarmando a su interlocutor con tan intrincados y despiadados silogismos enlazados en tan delirante perorata, que más de una vez y más de dos, lograba alentar algún memorable cabreo, como en cierta ocasión en que Don Remigio entró en cólera: “¿pero de qué demonios me está usted hablando?, yo ahora mismo cojo mi sombrero y me voy, válgame Dios, pero éste tipo…, usted está loco hombre, cómo que el cogito ergo sum es una fórmula ya establecida por Averroes, si todo el mundo sabe que Descartes se basó en San Buenaventura; pero usted está loco hombre, y yo me voy”.
-Pero sin embargo usted es sionista o al menos su fe es judía, ¿verdad?-preguntaba el paciente y zangolotino Don Braulio, gran poeta, cachondo mental e insuperable diletante.
-Nada de eso, amigo mío, nada de eso, yo no soy judío, ni hebreo, menos aún sionista, pero sí hebreísta, y le diré por qué-y antes de acometer una nueva y determinante exégesis sobre numerologías y otras gaitas, daba fuertes caladas a su pipa, alentando el rescoldo con su tiro pulmonar, que era como inspirar su intelecto, el cual anunciaba su inasequible sustancia con un liviano humo-; sencillamente porque el judaísmo es la única religión que ha tomado en serio lo que ya muchos teósofos consideran una realidad, y es que, amigo mío-chup, chup, la pipa tiraba, y los contertulios aún ingenuos o despistados atendían asomándose aún más ante el abyecto orador, otros sesteaban ante las letanías archisabidas del inigualable Don Jacinto- de haber algo-nunca declamaba la palabra Dios, no al menos en público, debía ser una herejía en su muy particular y extraño culto-, ese algo se nos puede manifestar a través de los números, esto es algo bien conocido desde mucho antes de Pitágoras, y ahí amigo mío, ahí es donde debemos retomar el misterio y desentrañarlo.
-Y me dirá usted-su contendiente en el debate era peleón y hacía buen uso del sarcasmo-, que va a encontrar a Dios en las ecuaciones de Maxwell o en la dinámica de Lagrange, ¿verdad?, yo casi le propongo que revise las medidas de mi señora suegra, le puedo asegurar que quizá a Dios no, pero que el diablo se debe ocultar en su des-mesura mensurable.
Esta frase del cachondo parroquiano Don Braulio levantaba alguna carcajada y la sonrisa de otros, pero Don Jacinto, impasible ante el arrollante descaro de su interlocutor replicaba con vehemencia y sosiego, habiendo antes aspirado de su pipa con fuerza, como preparando la respuesta.
-No amigo mío, no, yo no he dicho eso, no he hablado de ningún Hacedor; mi empresa va más allá, mi propósito es otro de otra muy distinta naturaleza.
El silencio de Don Jacinto, su introspección era secundada con un tenue bisbiseo reverencial de su asimétrica audiencia. Era un maestro de la pose tanto como de la oratoria, y sabía con maestría medir los silencios y realizar las pausas, para así maquillar una posible imagen de charlatán, arrogándose una imagen de sesudo estudioso, alejado del mundanal ruido burgués.
-¿Y cuál es ese propósito si se puede saber?-preguntó Don Braulio.
-Muy sencillo-dijo Don Jacinto-, yo concibo, pues así me lo ofrecen mis investigaciones, que ese algo se oculta en la Torá e incluso en el Nuevo Testamento, pero no en sus signos, no en sus letras.
El murmullo de los asistentes era un enorme interrogante; el humo de la pipa de Don Jacinto remataba la interrogación con el requerido punto.
-Usted dirá, porque así dicho no se entiende una palabra.- insistió Don Braulio.
-Pues es bien sencillo, y efectivamente, lo ha descubierto usted casi sin quererlo, porque no se entiende ni una sola palabra; porque sin duda, la firma del Creador, la esencia del Tao se encuentra oculta en lo que no está dicho.-arremetía con fuertes caladas, entre sus manos descansaba un viejo libro de cálculo tensorial en el que solía añadir anotaciones al margen, así como extraños galimatías inasequibles para cualquier matemático.
Prosiguió Don Jacinto ante la mirada atenta de los bohemios y trasnochados feligreses.
-Porque de acuerdo a un complicado teorema algebraico (debo confesar que dicha intuición se la debo al escolástico Siger de Bravante, el cual en uno de sus libros ya habla de dicha investigación, abandonada entonces desde el s. XIII), cuya raíz está en lo no escrito lo no dicho, lo que ha obviado deliberadamente decirnos el espíritu del Cosmos, ahí en ese silencio, es donde reside su naturaleza. Me explico: gracias a un método matemático desarrollado por mí estoy logrando desentrañar lo que se oculta en los renglones vacíos de la Torah; a saber, convirtiendo las letras en un método binario de base Shamej-Shin, soy capaz de encontrar el valor de los renglones y espacios vacíos de las sagradas escrituras. No deja de ser irónico-emitía un breve y somnolienta carcajada hacia dentro mientras decía esto-, una religión completa y milenaria buscando durante siglos a la divinidad en las propias letras, y resulta que no, que su esencia se puede localizar fuera.
-Vamos, que usted, así, en crudo, con un aparatoso método de cálculo (que por cierto habría que ver, podría provocar la hilaridad de nuestro gran matemático Puig Adam) pretende encontrar a Dios entre los renglones vacíos de las sagradas escrituras judías. Ya, ya, comprendo…
Don Braulio buscaba insistentemente la mirada condescendiente de sus adláteres, que no eran pocos, para así terminar de desacreditar y erosionar la mística reputación de Don Jacinto; pero no lo consiguió porque la mitad andaban aún sesteando y la otra mitad no había entendido prácticamente nada.
-Ya veo que no me cree usted, ni falta que hace, ya le prevengo. Ahora, eso sí, sólo quiero advertirle de dos cosas, amigo mío-chup, chup, la pipa ya casi no tiraba, un nuevo fósforo encendía los restos de tabaco en el fondo del cazo, eran los restos de esperanza que le quedaban de convencer al gran poeta y polemista Don Braulio.-La primera es que no, no es nada de Dios, ya le digo, Dios aún está tan lejos de comprender para nosotros como lo pueda ser de un chimpancé la mecánica de D”Alembert; Dios es algo de profundidad Dos, como digo yo en alguno de mis ensayos, que por cierto, y hace poco, la Voz de Asturias me publicó un artículo precisamente sobre esto, fue curioso porque desde redacción no sabían si meterlo en religión o en ciencia y cultura. Yo les dije que lo metieran en la sección de deportes, así evitaría las críticas-acompañó una nueva sorda carcajada que le hacía temblar el azulado belfo y levantar sus chispeantes ojillos ante ya su muy eximia y reducida audiencia, Don Braulio-, porque de profundidad Uno desde un punto de vista epistemológico es el “algo”, ya sabe, ese espíritu que forma el todo, pero que es de categoría aún inferior a Dios, categoría Cero sería la materia, lo mensurable, lo visible. Eso es, amigo mío, pero debe usted leer a Santo Tomas y también los Upanishads, le revelarán grandes verdades.
-¿Y la otra cosa?-repuso Don Braulio, con la mirada alucinada o descreída ante la tremenda y apabullante invectiva de Don Jacinto.
-Ah, sí, la otra cosa…, ya se me olvidaba. Bueno, la otra cosa que quería decirle es que deben estar ustedes muy atentos a la fecha del próximo miércoles 5 de octubre, porque en dicho día probablemente habré alcanzado el vislumbramiento, ese día, amigo mío habré alcanzado el conocimiento del Tao gracias a mis investigaciones.
-¿Y cómo esta usted tan seguro?-Don Braulio tuvo que reprimir la carcajada.
-Porque es el tiempo que me queda (dos semanas) para terminar de desentrañar todos y cada uno de los renglones: después en teoría, y si todo va bien habré alcanzado la añorada luz.
-¿Vera usted a Dios, a los ángeles?, ¿cuál prevé que será el resultado?-su manifiesta mofa ya no podía ser resistida por Don Jacinto.
-Está usted insultando a lo más sagrado cuando intenta insultarme a mí, amigo mío, ¡no se lo consiento!-se levantó iracundo, preso de los nervios, completamente violento y fuera de sí, su carácter flemático y parsimonioso había superado el umbral de la indignidad y ofuscamiento ante las terribles y constantes arremetidas de su interlocutor-, pero sepa que fenecerá usted rodeado de tedio e ignorancia, sin haber comprendido nada de esta vida, como tantos otros millones, siga usted haciendo versos amigo mío, siga usted espejeando su vacío en ellos, ríase de mí, e insulte al Cosmos si eso le hace feliz, pero es usted un desdichado porque sencillamente no lo ve ni lo verá nunca. Y olvídese de todo lo que le he contado, que ya comprendo que usted no puede ver más que cuentos.
Muy airado dejó sobre la fría mesa de mármol un billete de cinco pesetas y se marchó de allí; salió hacia el frío. Don Braulio quedó sorprendido, hacía gestos hipócritas, inflados de socarronería y estupidez, pretendiendo imitar el desaire sufrido por Don Jacinto.
-De verdad que este hombre cada año está más loco, ahora resulta que le da por hacer crucigramas o dameros o yo qué sé pero no en el periódico no, tiene que ser en la Biblia o en el libro de los judíos.
Despertó alguna malvada risa y alguna otra reacción del letargo en el que algunos habían quedado tras algunas horas en el Café Roma. Sobre la mesa, en un recodo, descansaba también el libro de cálculo tensorial al que Don Jacinto se había agarrado durante toda la velada. Alguien lo cogió y osó abrir sus páginas.
-Pues será un cantamañanas y un lunático y todo lo que usted quiera pero desde luego por sus anotaciones cualquiera diría que se trata de un verdadero experto en las ciencias exactas.
Don Braulio al oír esto se levantó y tomó el libro; al abrirlo se desplegaron ante sus ojos numerosas fórmulas preñadas de integrales grafiadas a lápiz por el propio Don Jacinto, signos diferenciales, matrices, ceros e infinitos como ochos abatidos, y todo ello aderezado con las más extrañas letras, todas provenientes del alfabeto hebreo, allí estaba el aleph y dalet, kaf y mem, confundiéndose en tal fárrago de símbolos que cualquier lector no pudiera sino sentir emoción o desconcierto. Don Braulio cerró el libro, cogió su abrigo y abandonó también (pero con cadencia hierática y pensativa) el tranquilo y sereno Café ovetense.
Pasaron más de dos semanas, y durante aquellos días algunos siguieron jactándose de Don Jacinto y sus disparatadas teorías, excepto Don Braulio, el cual mantenía un silencio reverente y digno ante cualquier sevicia o comentario jocoso, para extrañeza del personal.
-Y yo le digo, amigo mío, que ese chico leonés, Mario Arnold, va a resultar ser el más grande poeta que nos de la literatura en muchas décadas, ya lo verá usted.
-Pues yo le digo que su postmodernismo es una soflama decadente, y que si quiere usted leer a un poeta bueno, pero de gran maestría y que promete fundar un nuevo estilo, ese es el magnífico Emilio Lador.
-Pues le conocerán en su casa; yo le digo a usted que…
Interrumpió la lánguida conversación académica uno de los ilustres feligreses, era Don Abilio, el cual acababa de entrar en el Café con la tez pálida y preso de una gran urgencia. Se dirigió hacia sus viejos colegas.
-Parece ser que Don Jacinto lleva ya tres días desaparecido. Ya sabéis que vivía solo, pero la patrona decidió entrar en la casa hoy mismo. Desde el pasado miércoles nadie ha vuelto a verle. Lo raro es que ha dejado todas sus pertenencias bien ordenadas, no ha recogido ropa ni siquiera dinero según dicen, parece que se lo hubiera tragado la tierra.
A la policía y demás servicios del orden se sumaron numerosos vecinos, amigos e incluso alguna parentela no oficial ya extraviada en los estadíos de la carne. Después de numerosos días buscando por los pueblos y alrededores de Oviedo (estaciones de tren, hospitales, fábricas) los voluntariosos y afectivos buscadores, incluso la camaradería del Café Roma comenzaron a peinar campo a través, cerros, promontorios, colinas y algún valle. Fue en el cuarto día, cuando los ánimos comenzaban a ceder y las energías se vencían ante tan yerma búsqueda. Junto a un arroyuelo (afluente del río Cubia) y con ayuda de perros, finalmente encontraron el cuerpo. A un silbido de un mozuelo de la zona se sumaron buscadores y curiosos; ante el lugar del óbito se mezclaron gentes del lugar y voluntarios que durante días habían prestado sus generosos servicios. Entre todos ellos, junto con algún viejo compañero de tertulia se escondía consternado Don Braulio, el único que recordaba la fecha proclamada por Don Jacinto para alcanzar aquella entelequia entre el vacío impreso de las Sagradas Escrituras, el único que estaba vivamente emocionado, pero no sólo por presentar una exequia tan silenciosa y abyecta, como era su infecta presencia ante el difunto, sino por comprender que muy probablemente Don Jacinto había alcanzado lo que tan ansiadamente buscaba. Y así, el cuerpo exánime de Don Jacinto, descansando ya en la ribera de aquel espumoso arroyo, con un semblante exangüe, pero pleno de paz y trascendencia, le decía a Don Braulio de nuevo, como desde el logos, desde el tao o desde ultratumba que nada es puro azar y que la extraña letra hebrea trazada en el terreno fangoso de la vereda junto al cuerpo era el veredicto o prueba de que efectivamente todo al final se había alcanzado con una justa, exitosa y matemática paciencia.
Narración: El indio John
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
