El Hombre Tranquilo
El hombre tranquilo estaba apoyado sobre el quicio de la puerta, un aura de formas ocres, añiles y carmesíes, formaban el barroco fondo de papel pintado. Tras los barrotes, sin poder aún hablar, intentaba atraerlo para que se acercara y me liberara con su serenidad innata.
Cuando la vio por primera vez, sin zapatos, sin conocimientos, sin amparo, con hambre, con hermanos pequeños a los que cuidar, con padrastro asesinado en un barranco, con mala madre, no pudo evitar enamorarse perdidamente de ella. Veintidós años de diferencia no fueron impedimento para una gran historia de amor, que perduró tras su fallecimiento hasta que a ella también le llegó la hora.
El día de su boda, Mercedes acudió con su único vestido y toquilla negra, herencia de su abuela muerta. Como ajuar, dos cucharas de palo, una cacerola bañada en basta y roja porcelana y un saco de aceitunas. Antonio aportó, unos zapatos de fieltro con lacitos negros, el terreno donde construirían su futuro, una mula ciega, algunos ahorros y la experiencia de sus cuarenta años. Antes de que el cura los bendijera, le lavó los pies en la alberca, la calzó con las alpargatillas de lona, atando las cintas con suma delicadeza en los frescos pero curtidos tobillos y la besó en la frente, en un puro y hermoso primer contacto.
En la era, rodeada por espigas de dorado trigo, protegida por los riscos de la Sierra, la casilla de adobe encalada y techo de madera y paja, fue el hogar donde en sus primeros años de matrimonio concibieron a sus tres hijas. También tuvieron un hijo nacido cadáver al que no pusieron nombre, y una cuarta hija que, por fecha de nacimiento debió ser la primera, vivió hasta la víspera de San Juan, cuando a los tres meses de su corta existencia la meningitis se la llevó. La bautizaron como Ana, minutos antes de recibir sepultura amortajada en algodón blanco.
Pasados siete años murió la mula de vejez, ahí ya la tierra aparecía agrietada y el fruto de ésta era borde y agusanado. Las lluvias hacía tiempo que no dejaban caer su líquido bendito sobre las cosechas y los animales perdían peso y valor día tras día. Una noche después de que las niñas se acostaran sin cenar, no lloró mientras decidía dejarlo todo y emprender el viaje hacía el lugar de las oportunidades, desde dónde otros, enviaban noticias que hablaban de esperanza y pescado fresco.
El viaje fue largo y penoso, a través de la ventanilla del tren observaban la devastación en la que se encontraba el país inmerso, la posguerra se cebaba en los estómagos de la población más humilde. Antonio intentaba distraer a las niñas con cuentos populares, evitando que centraran su atención en un paisaje desolado, ahora lleno de muerte y represión. Los bancos de madera, al cabo de tantas horas, se clavaban en la poca carne de los pasajeros, produciendo malestar en un dolorido y multitudinario cóccix. Ella confeccionó durante el camino diez pequeños tapetes de ganchillo con los que decoraría su nueva vivienda.
Hubo mucho que hacer en la vieja carbonería hasta convertirla en un lugar dónde vivir modestamente. Pasadas unas semanas, las paredes eran tan blancas como las de la añorada casilla. Las niñas fueron escolarizadas en un colegio de monjas, aprendieron el nuevo idioma y se integraron perfectamente en la sociedad catalana. Antonio trabajó durante años a doble jornada para darles un porvenir decente. Mercedes ejerció de planchadora en una de las primeras pensiones de la zona, destinada a acomodar a un incipiente turista extranjero
Cuando se jubiló, las mujeres que fueron sus pequeñas hijas ya eran madres y esposas, cada una en el momento que marcó la naturaleza y la edad Su mujer seguía tejiendo con hilo nacarado, amapolas y espigas que recordaban a Anita. El se dedicó a lo que más le gustaba desde pequeño, pasear a la orilla del mar por las mañanas, durante la tarde se sumergía en una de sus más grandes pasiones y único vicio, la lectura. Los domingos, acudía sin faltar a una sola de las sesiones del Cine Fortuny, donde conmigo en su regazo, se deleitaba con los personajes interpretados por John Wayne, su ídolo cinematográfico.
Anoche, cuando la encontré a ella en el fuerte sabor a vinagre del gazpacho, también se abrió una grieta en mi memoria, dejando escapar aquel primer recuerdo de mi infancia, donde él me miraba desde la puerta de la habitación con su tremenda tranquilidad. Yo desde la pequeña cuna intentaba atraerlo hacía mí, para que me arropara con las historias de Medio Pollito y Estrellita de Oro, cuentos que hoy no consigo recordar completos.
De mi abuela, conservo el nombre y una crucecita de oro con diminutos granates. De mi abuelo, la pasión por las letras y una maltrecha novela de Marcial Lafuente Estefanía, que guardo como si fuera mi mayor tesoro.
Narración: Mercedes
Ilustración: Carlos Delgado y Jesús Prieto
