Epitafio: Recuerdo Literario
La necesidad de demostrar nuestros sentimientos a aquellos que en vida hemos amado, respetado u odiado, nos lleva muchas veces a expresar esos sentimientos mediante los epitafios. Algunos de los cuales son verdaderas maravillas literarias y otros, aunque sólo sea por qué derrochan ironía y humor, son dignos de ser leídos.
Epitafio proviene del griego. Tafos: sepultura y la preposición epi: encima. Y ya en la antigüedad, la escritura pasó a formar parte del rito del enterramiento, con todas las supersticiones y tabúes que la muerte acarrea.
Por ejemplo, si se escribía el nombre del muerto con una falta, se corría el riesgo de que el alma del difunto se perdiera para siempre en la otra vida; y si se excedía en las alabanzas hacia el finado, en vez de demostrar humildad, se podía enviar su alma a un lugar oscuro y lejano.
Así, no era raro encontrarse inscripciones como la de este carrero de Rodas: “Llorad por mí, que he muerto, desdichado, al quitar el puntal de un carro que llevaba una pesada carga de tinajas de vino. Mi nombre era Pluto”.
En la actualidad, y aunque el cristianismo ha dotado a los enterramientos de una solemnidad, ceremoniosa y protocolaria, existen verdaderas perlas lingüísticas que adornan y a veces “alegran”, las lápidas de todos los cementerios del mundo.
Muchas son de personas anónimas y guasonas, o simplemente sinceras y otras, de ilustres personalidades que en su afán por inmortalizar su retirada, escribieron sesudas, hirientes o jocosas frases, tiempo antes de partir.
Y aunque supongo que la leyenda y el mito habrán desvirtuado muchos de los epitafios, y que otros no son más inventos o exageraciones, creo interesante exponer alguno de los que deambulan por las páginas de revistas, y por la red.
“Esto es todo, amigos”. En la tumba de Mel Blanc, voz de Bugs Bunny.
“Sólo le pido a dios, que tenga piedad de este ateo”. En la tumbe de Miguel de Unamuno.
“Si no viví más, fue porque no me dio tiempo”. En la tumba del Marqués de Sade.
“Necesité toda una vida para llegar hasta aquí”.
“Os dije que estaba enfermo”.
“Ya os decía que ese médico no era de fiar”.
“Aquí yace mi mujer, fría como siempre”.
“Sí queréis los mayores elogios, moríos”. En la tumba de Enrique Jardiel Poncela.
