Onirismos
Tuve un sueño. Pero tú no estabas en él. Yo corría entre pasillos de paredes blancas, entrando y saliendo por puertas que se multiplicaban, como conejos en primavera. Subiendo y bajando escaleras que no llegaban a ninguna parte.
Llamándote a gritos sin siquiera despegar mis labios; buscándote sin descanso. Corría sin intención de detenerme y de pronto, era sobre las palmas de mis manos, que continuaba mi búsqueda irrefrenable.
Entre mil y un senderos seguía lo que yo creía eran tus huellas. Muros de roca que nacían de la misma tierra vedaban mi paso, obligándome a buscar otros caminos, igualmente llenos de obstáculos, pero no infranqueables. Escalé una montaña de cajas de diversos tamaños y materiales. Seguí, balanceándome a una altura inimaginable, sobre un hilo dental. Debí nadar en un río de cemento fresco y enfrentar a una jauría de lobos. Todo por llegar a ti.
Me agotaba. Cada músculo de mi cuerpo me dolía y protestaba cada vez que daba un paso más. De pronto me hallaba en el fondo de una piscina y me era difícil respirar. Sobre mi cabeza flotaban trozos de madera, árboles y más allá, lejos de mis manos: tú. Desesperada manoteaba en la fría agua. Mis pulmones a punto de estallar. Mis pies hundidos en el asfalto y todo se enturbió, precipitándome hacia un pozo negro, donde el miedo me acogió.
Me enrosqué, procurando que nadie me hiciera daño. Entonces oí voces. Muchas voces. Y vi a gente caminado de un lado a otro, charlando; riendo, pero ninguno me veía. Ninguno reparaba en mi presencia. Los niños subían una escala alta. Se deslizaban por un tobogán e iban a caer en féretros de colores. Mi mascota querida, muerta tres meses atrás, tomaba el té con mi guitarra. Y oía la letra de una nueva canción, pero mi cuadernillo no tenía hojas y mi pluma se transformaba en una enorme águila, que me llevaba en vilo por los aires. Yo revisaba el firmamento azul, esperando verte en una nube, pero sólo descubrí un centenar de ovnis que resplandecían en multicolores luces. Abrían portales en espirales infinitos que llevarían a quien lo deseara a dimensiones fantásticas.
Pasó por mi mente que quizás podría encontrarte por ahí, pero el águila se alejó y me alejó, hasta dejarme caer en un sombrío pantano. Milagrosamente, logré escapar de las enormes fauces de un cocodrilo, que tenía en su cabeza una rana azul, que tocaba el violín, interpretando a Mozart.
El silbato de un tren llamó mi atención y apenas logré asirme al cabús. En el vagón, lo pasajeros permanecían encadenados a sus asientos, con expresión taciturna. Los eslabones tenían diversas formas: licuadoras, televisores, planchas, prendas de vestir, calzado. Sin excepción alguna, todos miraban por las ventanillas. Me asomé también y vi los árboles, que en lugar de hojas en sus copas, tenían billetes de diferentes denominaciones. Bastaba un suspiro para que se desprendieran de sus ramas y cayeran al suelo. Pero, no había nadie para recogerlos.
Seguí hacia otro vagón, mas al librar la puerta estaba sentada ante una mesa, llena de todos los postres habidos y por haber. Mi estómago rugió, exigiendo los comiera. Como tú no estabas para detenerme, me harté hasta literalmente reventar. Luego, entró mi madre con recogedor y escoba, barriendo lo quedara de mí. Me arrojó a un bote de basura.
Ahí, una araña patona me indicó el camino a seguir. Sólo bastó un paso para encontrarme en lo más alto de un edificio. Adosada a una pared rugosa y sobre una cornisa de gelatina. Estaba desnuda. Mis pechos se marchitaron como rosa en un desierto. Te llamé de nuevo. Más fuerte y más veces.
Estuve otra vez en los pasillos con paredes blancas; escaleras que subían y bajaban. Pero no corría más y estaba de pie ante una puerta de dimensiones colosales. Alargué mi mano hacia la perilla, la giré y abrí.
Con la certeza de que estabas tras el umbral, todo mi ser vibró de emoción. Me sentí a punto del llanto. De reír, a la vez como loca. De gritar agradecida… pero en ese momento desperté.
Narración: Guadalupe García
Ilustración: Jesús Prieto
