Transparente
Quizás fuese producto del cansancio, o tal vez no me había despertado aún del todo. Bajo el agua de la ducha no podía ver con claridad mis pies y mis mulsos por los que sentía resbalar la espuma del jabón, se iban convirtiendo en formas etéreas que no alcanzaba a percibir. Pensé que debía ser un efecto producido por el vapor del agua que llenaba la cabina de la ducha, pero al salir, frente al espejo me di cuenta de lo que ocurría. A través del leve dibujo de mi silueta, podía ver con absoluta nitidez los azulejos de la pared que tenía detrás. Mi cuerpo, e incluso el albornoz de algodón rosa que acababa de ponerme, cobraron una inverosímil forma volátil y traslúcida.
En un principio me asusté, pero poco a poco, el hecho de ser transparente, fue formando parte de mi cotidianidad. Así, los días discurrían planos e infinitos y las semanas, pasaban a una velocidad tan extrema que casi me producían vértigo. Un vacío cada vez más grande y asfixiante me iba engullendo haciéndome gradualmente más invisible, hasta que decidí poner fin a esa sensación de angustia permanente y fabriqué mi propio mundo. Un mundo de colores inventados en el que podía soñar, respirar, vivir…
Como en la adolescencia, volví a escribir mis sueños que lanzaba a extraños mares en botellas imaginarias. Océanos habitados por la más extraordinaria y heterogénea fauna, con la que me sentía sorprendentemente a gusto. Yo era transparente y me fundía a la perfección en ese insólito mundo de seres fugaces, oníricos, e incorpóreos.
Sin saber cómo ni porqué, debió de ser la casualidad, el azar, o simplemente tenía que suceder así, porque así debía estar escrito; el destino me puso frente a frente con un apuesto y fornido tritón. Al ver mis ojos reflejados en el verde marino de los suyos, sentí una rara sensación que tenía olvidada en el tiempo, un extraño e intenso mareo que me hizo perder el equilibrio. Por suerte, sus fuertes brazos me sujetaron impidiendo que cayese de bruces al suelo.
Yo era transparente, pero él supo verme.
Desde entonces, amparados por las sombras de la noche nos vemos en secreto en las rocas de la orilla. Yo lo espero disfrazada de sirena y él emerge de las olas, solícito y galante, dispuesto a poner la luna en mi mano si se la pidiese.
Nos fundimos en abrazos infinitos e imposibles. Él, rodea mis transparencias con la firmeza de sus brazos, enreda sus dedos en mis cabellos húmedos y lame con placer la sal de mis pies descalzos. Yo, mimo su irisada, brillante y vigorosa cola que acaricio y beso sin descanso. Ansiosa, bebo con una sed insaciable y permanente, el agua de su torso, de sus manos, de su boca…
Me susurra al oído canciones que sólo él conoce y con una loca agitación, retozamos sobre un lecho de algas verdes. Las anémonas enrojecen al ver nuestra ardiente lujuria y los mejillones, nos lanzan guiños anaranjados sonriendo pícaros y complacientes desde las rocas.
Convertida en amazona marina, sujeto entre mis muslos su brioso e inquieto timón tornasolado, y excitados por las burbujas que provoca su gran aleta, pasamos la noche forjando filigranas de espuma en el agua, saltando las crestas de las olas y haciendo piruetas de delfín.
Exhaustos y felices, miramos la luna desde la orilla. Yo recuesto mi cabeza sobre su pecho y él me abraza y dibuja arabescos azules con su serpenteante cola sobre la arena.
Sé que es extraño, quimérico, que escapa a la razón, pero amo a este hombre, o debiera decir pez, no lo sé, es increíble, pero le amo. Antes del amanecer, debe regresar al mar, al mundo al que pertenece, pero mientras está conmigo, es mío, sólo mío.
Él me ve… Con el agua verde de sus ojos y a través del trasluz etéreo de mi cuerpo, él me ve.
Narración: Ardill Roja
Ilustración: Jesús Prieto
