Colorín Colorado…
Hace unos meses cerraron un bar. ¡Pues vaya cosa! Eso pasa a diario en todas las ciudades del mundo. Ya, pero este era un bar un poco especial. Estaba enclavado en un zona de la ciudad, donde había muchos más bares y a donde se podía ir a disfrutar de la música, de la conversación y de la bebida elegida. Se llamaba “El Colorín”.
La decoración simulaba una gran biblioteca en la que todas sus numerosas estanterías, estaban repletas de libros, por lo que la lectura era otra opción. Muy cerquita del mostrador y a una altura bien visible, una pizarra, como los que hay en todas las escuelas (antes los llamábamos encerados), servía de soporte diario a diferentes poemas.
Cada día uno. Elegidos al azar y mostrados para que todos, amantes de la poesía o no, los disfrutaran. Y lo hacían, porque lo curioso es que todo el mundo lo leía. Al principio, quizá por curiosidad, pero luego por necesidad, como si la copa o el refresco supiese mejor al cobijo de los versos.
Ahora pienso en él, como pasa con todas las cosas que han desaparecido, y lo hecho de menos. Evidentemente no, como lo hago con las personas que están lejos, pero sí que añoro la lectura del poema o la visión de los ajados, volúmenes por el paso del tiempo y el humo.
El último día que abrieron, en la pizarra no había ningún poema, solamente habían escrito: “Y Colorín colorado, esta cuento se ha acabado”. Y creo que en aquel preciso momento, el clásico final de los cuentos clásicos, me pareció el más bello poema y a la vez el más triste de los que nos habían mostrado.
