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La Sirenita

Reproducción del cuadoro de René Magritte, Canción de AmorEstán quietos, muy quietos y juntos, desde hace mucho tiempo. Detrás de ellos -aunque no lo miran- un navío extraordinario ha aparecido -no saben cuándo- en el horizonte. Otros -no saben quiénes- traen sus sueños.

El sol se hunde dubitativo entre las neblinas grises de oriente y aparta los velos del alba la noche. En la oscuridad sube la marea minuciosa y empieza a recuperar la roca eterna y todavía húmeda. De repente, el mar monta en cólera -quién sabe qué atentas brisas- y la pródiga espuma de su azote se concentra y alza un instante sobre la pareja de amantes que ha venido a sentarse a la orilla del mundo a lamentar su destino.

Ella aún sostiene en la mano el puñal. El Príncipe ha cubierto su desnudez con una manto digno de reyes. Llegan caminando a través del frío final de la noche. Las luces de Palacio les deslumbran. La puerta de la cámara nupcial no hace ruido al cerrarse, ni al abrirse. Al retirar los labios de su frente tras besarle suave, ella le ha descubierto mirándola resignado a recibir el golpe mortal. La sorpresa de ambos equivale justamente al conocimiento. Su esposa, la Princesa, no ha llegado a despertarse pese a la dramática escena junto al lecho. Duerme tranquila y, saciado su lícito deseo, no ha advertido que él, aunque tiene cerrados los ojos, cavila, recuerda, sufre. El Príncipe ha empezado a pensar en ella, en la Sirenita, la hermosa y enigmática muchacha sin voz de la que no ha podido despedirse. No está entre los invitados rezagados. Ni siquiera la ha visto durante el banquete o la ceremonia. Sus hermanas sirenas la han entretenido para intentar convencerla, una vez más, de que aún hay una alternativa para ella. Sus largos cabellos de plata son el precio por el puñal mágico de la Hechicera para olvidar anhelos imposibles tras castigar a quienes nos han defraudado. La Hechicera sonríe y concibe futuras maldades al verlas venir: es maestra en la verdad y ha estado esperando todo el rato. Con sus largas tardes, los días previos a la boda no han dado tregua a la Sirenita: el cielo, más límpido y azul que nunca, escapa del alcance de sus manos alzadas, indiferente a sus plegarias. Ante ella, el gran acantilado. La espuma del mar, abajo, la reclama. Ella se demora, aunque confiesa: ha perdido ya la esperanza. Un amor inmenso y puro oprime su corazón. El bullicio de Palacio le es ajeno e hiriente. Espía desde tímidas esquinas los dulces ademanes del Príncipe a la joven Dama, su prometida. Alguna palabra oye, alguna promesa cae de sus labios y le hace apretar los suyos con fuerza, odiando el persistente silencio que ha acabado por agotar al ser amado. Sus ojos hablan intensamente un lenguaje incomprensible para él. Las preguntas quedan todas sin respuesta y de la ignorancia ninguna emoción profunda puede brotar. Sólo simpatía, hermosas risas sinceras al ver cómo ella aprende a bailar, a comportarse en sociedad, a vestir un complicado traje largo y con corsé. Porque ella aparece inocente y torpe y como recién nacida en la playa -en sus oídos, la postrera y vana advertencia de la Hechicera; en su alma, el dolor atroz de su cuerpo partido; en su boca, el sabor amargo de la pócima-, recordándole su propio naufragio. Al rescatarla una vaga sombra oscurece su corazón pero él no quiere distraerse de la imagen del rostro de la Dama, el primer rostro que viera en su primer despertar. Un rostro en el que cree equivocadamente y que por error une a la amorosa memoria de los brazos que le sostuvieran en la tempestad. Mientras, la Sirenita observa asomando apenas entre los vaivenes del mar y ha decidido visitar a la Hechicera para que no muera de imposible distancia esa pequeña alma que él ha alumbrado en su interior. Se rebela ya contra su condición, contra su musculosa cola de pez y el oceánico vacío en su pecho. Con empeño, puede incluso intuir la desgracia. Sus hermanas lloran asustadas. Un hermoso ser humano ha caído desde el puente del navío y se ha hundido en la tempestad. Canta una melodía que le resulta familiar y que ella se ha puesto a acompañar con los sones maravillosamente líquidos que domina tan bien y por los que todos bajo las aguas la admiran y adoran. La hija pequeña del Rey del Mar cumple hoy quince años y quiere conocer el mundo.

Narración: Beatriz Ooms

 

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Narrado por Beatriz Ooms el 21-06-2007 [1 Comentario]
Categoría: Cuentos

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1 Comentario

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  • 1.- Narrado por Llum el 21-06-2007

    leyendo tu versión del cuento, me ha parecido oír el murmullo de las olas… huele a aire de mar.




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