Vacío / Sólo un Beso

Vacío
Nadie oyó aquella voz. Alguien cantaba, o reía, o gemía. Nadie alcanzó a oír aquel susurro, aquella pregunta a la noche, aquel quejido. Y no supo gritar más fuerte, o más silenciosa. O menos sincera. Nadie la vio rodar, como un niño perdido que llora, por las calles de aquella ciudad que nunca abarcó con sus brazos. Y aquella música, sólo para sus oídos. Y aquellas luces reflejadas en el agua temblaban de frío, o de secretos callados.
La piel a oscuras. Y en silencio. Y no son trozos de su corazón los que ven llover, los que oigo morir. Tantos los besos olvidados, tantos los abrazos gastados que cubren sus párpados.
Lento, muy lento, es el fluir de sus ambiciones, del aliento en su garganta. Migra con sus ideas a cualquier otro lugar que no sea real, que no sean sus días ni sus noches. Que no sean sus heridas. Y malgasta sus suspiros, los derrocha, los envuelve entre capas, entre amagos de soledad que habitan su estómago, como enfermedad incurable de la que no sabe.
Sólo un Beso
Sus ojos retozaban entre las caprichosas nubes que jugueteaban sobre su cabeza. Imaginé que realmente no las veía, sólo apoyaba su mirada sobre ellas para no caerse. Se me antojó que sus pensamientos - aquellos que yo adivinaba confusos y distantes - luchaban vanamente unos contra otros; sin hallar ganador ni vencido.
Aparecí doblando la esquina, manos hundidas en mis bolsillos traseros – las muy cobardes siempre me delatan -, disimulando que le he visto y que sé que me espera. Arrastraba intermitente mi mirada inquieta por el pavimento – colillas, chicles, un par de céntimos -, evitando un anticipo de mi llegada, el grotesco saludo de una mano temblorosa. Sólo a escasos metros de su perfume alcé la vista distraída; la vestí de seguridad, calma, madurez. Me aguardaba una sonrisa con sabor a qué sé yo, que parloteaba sobre un surtido de no sé cuántos besos impacientes; me ofreció dos, uno a cada lado de mis palabras de disculpa – perdona, se me hizo tarde -.
Caminando hacia ninguna parte; sus pies o los míos ansiosos por conducirnos allí donde no estaba previsto, confusos o traidores nos abandonaron en un tétrico aparcamiento sin salida disfrazado de atajo hacia ningún sitio. Me pareció malentender alguna de sus sonrisas discontinuas, algún suspiro ladeado. Sus miradas veladas se perdieron entre las mías de derrota; naufragaron. Y me maldije una primera vez por ser pesimista; y una segunda por no saber leer en aquellos ojos, por no saber de que me hablaban. Dudé durante un siglo si atrapar o degollar aquella mirada que jugueteaba escurridiza entre mis dedos desesperados.
Pero me arrancó un beso. Casi no me di cuenta y casi no lo recuerdo. Supongo que descodificó de mis ojos todas aquellas pistas que mascullaba, que gritaban incansables desde mi colección de silencios. Mano sobre mi hombro, giro inesperado y labios sobre mis labios. Y yo quieta, paralizada, sin palabras bajo mi lengua o sobre mi boca. Sólo un beso.
Narración: Patricia Díaz Vidal
Ilustración: Jesús Prieto
