Réquiem por un Campesino Español
Ando leyendo, como ya sabrán algunos, ‘Cien Años de Soledad’, la universal obra de Gabriel García Márquez. He de decir que, hasta el momento (un poco más allá de su mitad), me está gustando y mucho. Es mágica ciertamente y, a la vez, bastante triste. Pero esa melancolía se va tapando, poco a poco, por personajes especiales, por episodios inauditos, por descripciones paradisíacas y por un uso del lenguaje para saborear y retozar.
Así por ejemplo, los pasajes de ‘Cien Años de Soledad’ en los que se describen los muchos años de guerra, fusilamientos, injusticias y calamidades en todo el país transcurren, en cierto modo, como si, en realidad, no pasara nada. Quizá se deba al protagonismo del mitificado por la belicosidad Coronel Aureliano Buendía o porque, como en todas las contiendas, las vidas cotidianas de pequeños pueblos, como Macondo, transcurren un poco al margen.
A partir de este ejemplo, me acordé el otro día de un libro que disfruté, en su momento, sobremanera: ‘Réquiem por un Campesino Español’ de Ramón J. Sénder.
En él también existen personajes maravillosos, descripciones acertadísimas, también se presenta la rutina de un pueblo y sus gentes, salpicada por un ambiente prebélico y bélico finalmente, pero, a diferencia de la obra de Gabo, todo él, en mi opinión, rezuma tristeza.
Supongo que la principal fuente de la misma surge del arrepentimiento de un cura de pueblo llamado Mosén Millán que, en un determinado momento, fue cómplice de la muerte de Paco el del Molino, el protagonista o más bien el héroe de esta historia.
A través de las evocaciones del párroco, recorremos la vida de un labrador, idealista y revolucionario, desde su bautizo hasta su muerte, convencido de poder cambiar las cosas. Pero Paco el del Molino se encontrará en su camino con unos contrarios poderosos a sus planteamientos que, finalmente, “vencerán” con la ejecución del protagonista.
Así, en cada uno de los recuerdos que llegan a la mente de Mosén Millán se trasluce, como decía, un profundísimo sentimiento de culpa que quiere apaciguar con una misa de año, con un Réquiem al que, esperanzado e iluso, espera la presencia de buena parte del pueblo y a la que, al final, acuden los propios culpables de la muerte del difunto, mostrando la hipocresía de la situación, algo que pone de manifiesto, tanto en esos personajes como en el propio cura, la miseria moral provocada por la Guerra Civil que sacudió a nuestro país.
‘Réquiem por un Campesino Español’ me toca, me llega, a pesar de su cuidada y preciosa sencillez. Ello provoca que, en ocasiones, quiera ir a ver la tristeza desde la barrera de ‘Cien Años de Soledad’. Pero luego pienso: “no, de vez en cuando, hay que saltar a la arena y lidiar con lo que hay”.
A pesar de esa sensación melancólica (que por momentos también se me torna en rabia), ‘Réquiem por un Campesino Español’ retrata perfectamente unos momentos de nuestra historia y unos valores (positivos y negativos) a los que hay que asomarse. Creo que esta obra es una cita ineludible para cualquiera. Por favor, léanla (si no lo han hecho ya) y felicítense de lo que se puede aprender, a veces, de la tristeza, la injusticia, la culpa y, por supuesto, de la historia, nuestra historia.
