Editorial Narradores

El Paisaje Encantado

29-marzo-2007Vicente Salinas Roca

Imagen de unos acantilados1.
El camino, que estaba lleno de grie­tas y terro­nes pro­ducto de las ran­cias llu­vias de fina­les de verano, se aden­traba man­sa­mente en la playa. Pero el ver­dor des­lu­cido de esas plan­tas que son capa­ces de sopor­tar ele­vada sali­ni­dad ambien­tal, sepa­raba la senda del are­nal. Aun así, con­forme se avan­zaba acer­cán­dose caden­cio­sa­mente al azul marino, el límite vege­tal se difuminaba.

Y cuando el cami­nante ya adi­vi­naba la con­fu­sión del camino con la arena, las pri­me­ras rocas del oscuro acan­ti­lado cor­ta­ban, con sus aris­tas, la salida al mar que el camino, hasta enton­ces, pare­ció ape­te­cer y rom­pién­dose en un entra­mado de vere­das que inva­dían la augusta pie­dra agui­jo­neada de mato­jos seme­jan­tes a los del camino. Y enton­ces roca y sen­de­ros se dis­pa­ra­ban hacia arriba…

Char­les había inten­tado plas­mar en sus pin­tu­ras aque­lla vic­to­ria de la pie­dra sobre el mar, pero hasta enton­ces se había topado con dos pro­ble­mas en sus boce­tos pic­tó­ri­cos: el pri­mero era el torreón derruido que domi­naba el acan­ti­lado con una oscu­ri­dad paté­tica, el segundo el pro­pio mar, tran­quilo a veces y ero­sivo otras. Como buen pai­sa­jista no podía reto­car su obra, pero bus­caba un ángulo, un momento, una idea que le die­ran ori­gi­na­li­dad y vida.

A fina­les de noviem­bre, des­pués de cua­tro meses de prue­bas, Char­les ya estaba dis­puesto a aban­do­nar. Tanto era así que pre­paró sus male­tas para mar­char y pagó la cuenta de la pen­sión. Pero como no que­ría irse sin ver por última vez su obra frus­trada, vol­vió al final del camino con la oculta inten­ción de pin­tarlo como fuera. Lle­vaba su male­tín de pin­tu­ras pequeño y casi escon­dido, como que­riendo enga­ñar al pai­saje y pillarlo des­pre­ve­nido. Que­ría lle­varse aquel sueño con­sigo por­que lo amaba tanto como si fuera la mujer de sus sueños.

La tarde no era buena y el cielo se cerraba en oscu­ros nuba­rro­nes que casi con­ven­cie­ron a Char­les para vol­verse atrás. Pero debía des­pe­dirse ade­cua­da­mente de tanta belleza.

Justo cuando donde la vereda prin­ci­pal aso­maba al mar embra­ve­cido y el acan­ti­lado se hacia amo del alma de todo aquel que se aso­maba, una fuerte ven­tada estuvo a punto de derri­barle. Y con el viento, las pri­me­ras gotas de llu­via se deja­ron lan­zar como agu­jas hela­das sobre el ros­tro de Char­les. Pero él no se movió por­que ante sus ojos el pai­saje inició una trans­for­ma­ción de vio­lenta armo­nía. Gigan­tes­cas olas pare­cían que­rer besar el fir­ma­mento tras­pa­sando la negra capa de nubes. Y el mar se adueñó de todo con su fuerza y tan solo un fara­llón de negra roca, con enér­gica solem­ni­dad, pare­cía sobre­sa­lir entre la fría y blanca ebu­lli­ción del líquido.

Raudo sacó de su escon­drijo las herra­mien­tas de su pro­fe­sión y febril­mente se puso a tra­ba­jar antes de que cadu­cara ese momento de embrujo.

La fina llu­via no le moles­taba y la tenue luz que daba un aspecto noc­turno a la escena era sufi­ciente para ilu­mi­nar sus pin­ce­la­das. Pintó con furiosa rapi­dez y antes de que ano­che­ciera de ver­dad la obra estaba casi aca­bada y total­mente tra­zada. En aque­llos momen­tos el mar redo­bló su ira y su mons­truo pare­cía comerse la playa, tam­bién la roca que tan solo se defen­día. Una bru­tal ola lanzó múl­ti­ples gotas sobre la pin­tura fresca. Char­les miró ins­tin­ti­va­mente su obra cre­yén­dola malo­grada, pero, lo que en prin­ci­pio debió ser una expre­sión de dis­gusto, fue sólo de intriga al ver como las gotas res­ba­lando sobre la tela le daban una cierta vida.

Reco­gió el mate­rial en su male­tín y se enca­ramó al acan­ti­lado para ver mejor la sal­vaje belleza. La roca estaba res­ba­la­diza, por ello, cuando la ola, tras cho­car con las aris­tas roco­sas se elevó en gruesa llu­via, Char­les no pudo aguan­tar el equi­li­brio y, entre las vio­len­tas aguas, encon­tró su final.

2.
Cinco días más tarde, con el mar más tran­quilo, Ronald Lapie­rre, de ofi­cio borra­cho y de afi­ción pin­tor fra­ca­sado, paseando por aque­lla misma playa, dio con la caja de pin­tu­ras del des­a­pa­re­cido Char­les. En ella encon­tró una tela extraña donde podía verse un mar cre­cido, unas nubes en gue­rra y una augusta fle­cha de pie­dra atra­ve­sada por man­chas de azul, blanco y gris.

La pin­tura no estaba seca. Ade­más, el agua, de la que aún que­daba parte en la caja, le había dado a la pin­tura una extraña apa­rien­cia entre móvil reali­dad y mag­ní­fica fantasía.

Un extraño esca­lo­frío atra­vesó a Ronald que no dudó en apo­de­rarse de aque­lla obra. Meses más tarde expo­nía el cua­dro junto a una serie de abs­trac­tos sin sen­tido, en una expo­si­ción pro­pia cele­brada en Lon­dres. Allí los crí­ti­cos se hicie­ron eco de aquel logro artís­tico que Ronald se atribuía.

A esa expo­si­ción siguió otra y otra… y alguna más, pero en todas ellas la ver­da­dera atrac­ción era aquel cua­dro sin­gu­lar que, una y otra vez, se negaba a vender.

Aque­lla obra hizo que Ronald aban­do­nara su ado­ra­ción a la bote­lla y con­si­guió que su téc­nica pic­tó­rica se per­fec­cio­nara en cada tela, pero ni aun así, logró imi­tar con­vin­cen­te­mente la maes­tría y ori­gi­na­li­dad de aquel paisaje.

Un día, expo­niendo en París, su ciu­dad natal, el cua­dro des­a­pa­re­ció sin dejar ras­tro y en su lugar apa­re­ció otro. En el nuevo cua­dro el mar estaba tran­quilo y la enorme pared de pie­dra se des­pren­día en una espe­cie de derrota frente al mar que lo reci­bía entre blanca espuma. Sin lugar a dudas, tanto este cua­dro como el des­a­pa­re­cido ilus­traba la misma geo­gra­fía, pero el pai­saje era distinto.

Cuando la prensa se hizo eco de este hecho hicie­ron creer que todo era una tri­qui­ñuela publi­ci­ta­ria de Ronald para dar a cono­cer el nuevo cua­dro. Tanto es así que la casa de expo­si­cio­nes estuvo a un paso de deman­dar al pin­tor, ya que su pai­saje era la estre­lla de la mues­tra. Sin embargo, cuando las crí­ti­cas elo­gia­ron la nueva obra con frase tales como: “Lapie­rre cam­bió lo bueno por lo mara­vi­lloso”, no tuvie­ron más reme­dio que disi­mu­lar su pasado malestar.

Pero Ronald, en su estu­dio pari­sino, no estaba tran­quilo. Sólo él sabía que, a pesar de haberlo reco­no­cido así, aque­lla obra no era suya, como tam­poco lo era la pri­mera. Aquel era un mis­te­rio que le ate­rraba. Ronald pensó en Char­les, el loco pin­tor que realizó la pri­mera obra y del que se encon­tró el cuerpo des­tro­zado el mismo día que des­cu­brió la pintura.

No podía haber sido Char­les y, sin embargo, la segunda tenía las mis­mas carac­te­rís­ti­cas de la pri­mera. Aque­llas pin­ce­la­das fir­mes y grue­sas que pare­cían variar en cada extremo. Aque­llas man­chas pro­vo­ca­das por la mez­cla de acei­tes y agua de mar. Aque­lla extrema genia­li­dad que él nunca había conseguido.

Ronald siguió pen­sando y de nuevo un viejo esca­lo­frío reco­rrió su cuerpo. Y supo que debía vol­ver allí.

3.
Desde la playa la ima­gen del acan­ti­lado era impre­sio­nante, pero no era la misma de hacía tres años. El mar había ven­cido a la roca y la roca había ven­cido al mar. Mien­tras el torreón derruido seguía igual, parte de la base de la roca del fara­llón se había des­pren­dido, dejando la inme­dia­ta­mente supe­rior en una pos­tura que pare­cía que­rer sal­tar al agua. Por otro lado, los frag­men­tos des­pren­di­dos for­ma­ban un mon­tón de agu­jas den­tro del agua que, por con­ti­nuo cho­que, la man­te­nían siem­pre espu­meante por cal­mado que estu­viera el resto del mar.

El esca­lo­frío vol­vió a Ronald, el segundo cua­dro mos­traba parte de aque­llo, pero aún se había modi­fi­cado más y el pai­saje pare­cía estar lla­mán­dole para que lo retra­tara. Estaba atra­pado por el lugar y su vena crea­tiva pal­pi­taba con más fuerza que su pro­pio cora­zón… tenía que pin­tar y pronto se encon­tró hacién­dolo.
Para Ronald sólo exis­tía un modo de plas­mar en la tela todo aquel embrujo, y era usando la misma téc­nica de Char­les y que, a un tiempo, era la del segundo cua­dro. Pero a dife­ren­cia de aquel, Ronald tuvo que vol­ver durante seis días para con­cluir su obra.

Final­mente, allí estaba, admi­rando su nueva crea­ción en su habi­ta­ción de la pen­sión del pue­blo. Debía estar orgu­lloso y no lo estaba, por­que, aun­que era la mejor obra que había sur­gido de sus pin­ce­les, seguía siendo infe­rior a las dos obras que le habían dado fama y no eran real­mente suyas.

Ronald pasó aque­lla tarde ence­rrado en la habi­ta­ción y dando vuel­tas a la misma hasta que se sentó a escri­bir una carta, en cuyo sobre puso el nom­bre de Chris­tiano, el famoso crí­tico de arte y amigo de la infan­cia de Ronald. Final­mente, sin dejar de mirar la obra con los ojos borro­sos por las lágri­mas, se pegó un tiro en la sien.

4.
La poli­cía entregó una carta a Chris­tiano, el crí­tico de arte. Ronald la escri­bió antes de morir para que, por lo menos su amigo, supiese la ver­dad. Chris­tiano no tuvo incon­ve­niente en que el ins­pec­tor Cour­dier la leyese también:

Que­rido Chris, ya no puedo sopor­tar más la pesada carga de mi pecado. Cuando veas la obra que te lego lo com­pren­de­rás fácil­mente. Es la mejor que he pin­tado.
Adiós Chris.
Fdo.: Ronald Lapie­rre
.”

Días más tarde, el pro­pio ins­pec­tor Cour­dier, como un favor, le entregó per­so­nal­mente la última obra de Ronald: su legado.
Cuando el paquete se abrió tam­bién lo hicie­ron los ojos de Chris. Aque­lla era la última mara­vi­lla, llena de maca­bra her­mo­sura, pues la san­gre que sal­pi­cara el cua­dro se secó en una man­cha marrón que era una cala­vera sobre la playa y seme­jan­tes a una llu­via de san­gre apa­re­cían pun­ti­tos roji­zos. Todo en un equi­li­brio geo­mé­trico daba genio a la obra.

-¿Y… bien? Señor Chris­tiano. – Se atre­vió a pre­gun­tar el ins­pec­tor.
-¿Qué? –Chris no salía de su asom­bro.
-¿Por qué se sui­cidó?… ¿Puede explicármelo?

Los ojos de Chris vola­ban del cua­dro al ins­pec­tor y de este otra vez al cua­dro, siem­pre con una mirada pen­sa­tiva y dejando pasar los segun­dos antes de res­pon­der. Por fin, recu­peró la com­pos­tura y la pedan­te­ría pro­pia de los crí­ti­cos para hablar.

–Todo artista tiende a la per­fec­ción, unos se ale­jan más, otros menos, pero si alguna obra de algún autor lo con­si­guiera per­de­ría las razo­nes para pin­tar y tam­bién, en este caso, para vivir.
-¿Pero la san­gre ha ensu­ciado su obra?
–La san­gre es un com­po­nente más.
-¿Quiere decir que lo hizo a pro­pó­sito?
–Tal vez es nece­sa­rio dar la vida para pin­tar “un pai­saje encantado”.

EPÍLOGO
El ins­pec­tor Cour­dier tenía fiesta aquel fin de semana y, como no sopor­taba que que­da­ran pre­gun­tas sin la debida res­puesta ron­dando por su cabeza, deci­dió acer­case hasta lo que él con­si­de­raba el lugar de los hechos… el paisaje.

Con­forme se acer­caba a la playa por el camino vis­lum­bró una figura que le salu­daba. Ya más cerca pudo devol­ver el saludo a Chris­tiano. Ambos tenían pre­gun­tas sin res­puesta, pero no tuvie­ron mucho tiempo para comen­tarlo. Casi repen­ti­na­mente el cielo se oscu­re­ció, las olas blan­quea­ron la playa con frui­ción y un rayo de sol extra­viado entre las nubes ilu­minó el torreón derruido.
Ambos mira­ron hacia el cielo, entre las nubes, de donde par­tía el rayo. Pare­cía como si un enorme ojo les mirara a ellos, insig­ni­fi­can­tes huma­nos. Enton­ces aquel fas­tuoso ojo les hizo un guiño y la bra­vura del mar se hizo rít­mica como si se tra­tara de una carcajada.

El ins­pec­tor y el crí­tico que­da­ron petri­fi­ca­dos mirán­dose el uno al otro durante tanto tiempo que no se per­ca­ta­ron de que el cielo estaba de nuevo des­pe­jado y el mar había reco­brado su tran­qui­li­dad, hasta que una gaviota dejó caer sus copio­sos excre­men­tos sobre la cabeza de Christiano.

Narra­ción: Vicente Sali­nas
Ilus­tra­ción: Jesús Prieto



2 Comentarios en “El Paisaje Encantado”

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  1. Antonio Senciales dice:
    30 marzo 2007 11:08

    Tu relato me ha pare­cido bien escrito, con una trama intere­sante y bien lle­vado hasta el final. Le has echado ima­gi­na­ción y fan­ta­sía. Me ha gus­tado.
    Per­dona que se haya colado en tu relato un comen­ta­rio mío que corres­ponde a otro lugar.

  2. La escritora solitaria(G.G.M) dice:
    3 abril 2007 1:21

    Bas­tante bien escrito y se lee ame­na­mente de prin­ci­pio a fin. Tiene misterio.

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