El Paisaje Encantado
1.
El camino, que estaba lleno de grietas y terrones producto de las rancias lluvias de finales de verano, se adentraba mansamente en la playa. Pero el verdor deslucido de esas plantas que son capaces de soportar elevada salinidad ambiental, separaba la senda del arenal. Aun así, conforme se avanzaba acercándose cadenciosamente al azul marino, el límite vegetal se difuminaba.
Y cuando el caminante ya adivinaba la confusión del camino con la arena, las primeras rocas del oscuro acantilado cortaban, con sus aristas, la salida al mar que el camino, hasta entonces, pareció apetecer y rompiéndose en un entramado de veredas que invadían la augusta piedra aguijoneada de matojos semejantes a los del camino. Y entonces roca y senderos se disparaban hacia arriba…
Charles había intentado plasmar en sus pinturas aquella victoria de la piedra sobre el mar, pero hasta entonces se había topado con dos problemas en sus bocetos pictóricos: el primero era el torreón derruido que dominaba el acantilado con una oscuridad patética, el segundo el propio mar, tranquilo a veces y erosivo otras. Como buen paisajista no podía retocar su obra, pero buscaba un ángulo, un momento, una idea que le dieran originalidad y vida.
A finales de noviembre, después de cuatro meses de pruebas, Charles ya estaba dispuesto a abandonar. Tanto era así que preparó sus maletas para marchar y pagó la cuenta de la pensión. Pero como no quería irse sin ver por última vez su obra frustrada, volvió al final del camino con la oculta intención de pintarlo como fuera. Llevaba su maletín de pinturas pequeño y casi escondido, como queriendo engañar al paisaje y pillarlo desprevenido. Quería llevarse aquel sueño consigo porque lo amaba tanto como si fuera la mujer de sus sueños.
La tarde no era buena y el cielo se cerraba en oscuros nubarrones que casi convencieron a Charles para volverse atrás. Pero debía despedirse adecuadamente de tanta belleza.
Justo cuando donde la vereda principal asomaba al mar embravecido y el acantilado se hacia amo del alma de todo aquel que se asomaba, una fuerte ventada estuvo a punto de derribarle. Y con el viento, las primeras gotas de lluvia se dejaron lanzar como agujas heladas sobre el rostro de Charles. Pero él no se movió porque ante sus ojos el paisaje inició una transformación de violenta armonía. Gigantescas olas parecían querer besar el firmamento traspasando la negra capa de nubes. Y el mar se adueñó de todo con su fuerza y tan solo un farallón de negra roca, con enérgica solemnidad, parecía sobresalir entre la fría y blanca ebullición del líquido.
Raudo sacó de su escondrijo las herramientas de su profesión y febrilmente se puso a trabajar antes de que caducara ese momento de embrujo.
La fina lluvia no le molestaba y la tenue luz que daba un aspecto nocturno a la escena era suficiente para iluminar sus pinceladas. Pintó con furiosa rapidez y antes de que anocheciera de verdad la obra estaba casi acabada y totalmente trazada. En aquellos momentos el mar redobló su ira y su monstruo parecía comerse la playa, también la roca que tan solo se defendía. Una brutal ola lanzó múltiples gotas sobre la pintura fresca. Charles miró instintivamente su obra creyéndola malograda, pero, lo que en principio debió ser una expresión de disgusto, fue sólo de intriga al ver como las gotas resbalando sobre la tela le daban una cierta vida.
Recogió el material en su maletín y se encaramó al acantilado para ver mejor la salvaje belleza. La roca estaba resbaladiza, por ello, cuando la ola, tras chocar con las aristas rocosas se elevó en gruesa lluvia, Charles no pudo aguantar el equilibrio y, entre las violentas aguas, encontró su final.
2.
Cinco días más tarde, con el mar más tranquilo, Ronald Lapierre, de oficio borracho y de afición pintor fracasado, paseando por aquella misma playa, dio con la caja de pinturas del desaparecido Charles. En ella encontró una tela extraña donde podía verse un mar crecido, unas nubes en guerra y una augusta flecha de piedra atravesada por manchas de azul, blanco y gris.
La pintura no estaba seca. Además, el agua, de la que aún quedaba parte en la caja, le había dado a la pintura una extraña apariencia entre móvil realidad y magnífica fantasía.
Un extraño escalofrío atravesó a Ronald que no dudó en apoderarse de aquella obra. Meses más tarde exponía el cuadro junto a una serie de abstractos sin sentido, en una exposición propia celebrada en Londres. Allí los críticos se hicieron eco de aquel logro artístico que Ronald se atribuía.
A esa exposición siguió otra y otra… y alguna más, pero en todas ellas la verdadera atracción era aquel cuadro singular que, una y otra vez, se negaba a vender.
Aquella obra hizo que Ronald abandonara su adoración a la botella y consiguió que su técnica pictórica se perfeccionara en cada tela, pero ni aun así, logró imitar convincentemente la maestría y originalidad de aquel paisaje.
Un día, exponiendo en París, su ciudad natal, el cuadro desapareció sin dejar rastro y en su lugar apareció otro. En el nuevo cuadro el mar estaba tranquilo y la enorme pared de piedra se desprendía en una especie de derrota frente al mar que lo recibía entre blanca espuma. Sin lugar a dudas, tanto este cuadro como el desaparecido ilustraba la misma geografía, pero el paisaje era distinto.
Cuando la prensa se hizo eco de este hecho hicieron creer que todo era una triquiñuela publicitaria de Ronald para dar a conocer el nuevo cuadro. Tanto es así que la casa de exposiciones estuvo a un paso de demandar al pintor, ya que su paisaje era la estrella de la muestra. Sin embargo, cuando las críticas elogiaron la nueva obra con frase tales como: “Lapierre cambió lo bueno por lo maravilloso”, no tuvieron más remedio que disimular su pasado malestar.
Pero Ronald, en su estudio parisino, no estaba tranquilo. Sólo él sabía que, a pesar de haberlo reconocido así, aquella obra no era suya, como tampoco lo era la primera. Aquel era un misterio que le aterraba. Ronald pensó en Charles, el loco pintor que realizó la primera obra y del que se encontró el cuerpo destrozado el mismo día que descubrió la pintura.
No podía haber sido Charles y, sin embargo, la segunda tenía las mismas características de la primera. Aquellas pinceladas firmes y gruesas que parecían variar en cada extremo. Aquellas manchas provocadas por la mezcla de aceites y agua de mar. Aquella extrema genialidad que él nunca había conseguido.
Ronald siguió pensando y de nuevo un viejo escalofrío recorrió su cuerpo. Y supo que debía volver allí.
3.
Desde la playa la imagen del acantilado era impresionante, pero no era la misma de hacía tres años. El mar había vencido a la roca y la roca había vencido al mar. Mientras el torreón derruido seguía igual, parte de la base de la roca del farallón se había desprendido, dejando la inmediatamente superior en una postura que parecía querer saltar al agua. Por otro lado, los fragmentos desprendidos formaban un montón de agujas dentro del agua que, por continuo choque, la mantenían siempre espumeante por calmado que estuviera el resto del mar.
El escalofrío volvió a Ronald, el segundo cuadro mostraba parte de aquello, pero aún se había modificado más y el paisaje parecía estar llamándole para que lo retratara. Estaba atrapado por el lugar y su vena creativa palpitaba con más fuerza que su propio corazón… tenía que pintar y pronto se encontró haciéndolo.
Para Ronald sólo existía un modo de plasmar en la tela todo aquel embrujo, y era usando la misma técnica de Charles y que, a un tiempo, era la del segundo cuadro. Pero a diferencia de aquel, Ronald tuvo que volver durante seis días para concluir su obra.
Finalmente, allí estaba, admirando su nueva creación en su habitación de la pensión del pueblo. Debía estar orgulloso y no lo estaba, porque, aunque era la mejor obra que había surgido de sus pinceles, seguía siendo inferior a las dos obras que le habían dado fama y no eran realmente suyas.
Ronald pasó aquella tarde encerrado en la habitación y dando vueltas a la misma hasta que se sentó a escribir una carta, en cuyo sobre puso el nombre de Christiano, el famoso crítico de arte y amigo de la infancia de Ronald. Finalmente, sin dejar de mirar la obra con los ojos borrosos por las lágrimas, se pegó un tiro en la sien.
4.
La policía entregó una carta a Christiano, el crítico de arte. Ronald la escribió antes de morir para que, por lo menos su amigo, supiese la verdad. Christiano no tuvo inconveniente en que el inspector Courdier la leyese también:
“Querido Chris, ya no puedo soportar más la pesada carga de mi pecado. Cuando veas la obra que te lego lo comprenderás fácilmente. Es la mejor que he pintado.
Adiós Chris.
Fdo.: Ronald Lapierre.”
Días más tarde, el propio inspector Courdier, como un favor, le entregó personalmente la última obra de Ronald: su legado.
Cuando el paquete se abrió también lo hicieron los ojos de Chris. Aquella era la última maravilla, llena de macabra hermosura, pues la sangre que salpicara el cuadro se secó en una mancha marrón que era una calavera sobre la playa y semejantes a una lluvia de sangre aparecían puntitos rojizos. Todo en un equilibrio geométrico daba genio a la obra.
-¿Y… bien? Señor Christiano. – Se atrevió a preguntar el inspector.
-¿Qué? –Chris no salía de su asombro.
-¿Por qué se suicidó?… ¿Puede explicármelo?
Los ojos de Chris volaban del cuadro al inspector y de este otra vez al cuadro, siempre con una mirada pensativa y dejando pasar los segundos antes de responder. Por fin, recuperó la compostura y la pedantería propia de los críticos para hablar.
-Todo artista tiende a la perfección, unos se alejan más, otros menos, pero si alguna obra de algún autor lo consiguiera perdería las razones para pintar y también, en este caso, para vivir.
-¿Pero la sangre ha ensuciado su obra?
-La sangre es un componente más.
-¿Quiere decir que lo hizo a propósito?
-Tal vez es necesario dar la vida para pintar “un paisaje encantado”.
EPÃLOGO
El inspector Courdier tenía fiesta aquel fin de semana y, como no soportaba que quedaran preguntas sin la debida respuesta rondando por su cabeza, decidió acercase hasta lo que él consideraba el lugar de los hechos… el paisaje.
Conforme se acercaba a la playa por el camino vislumbró una figura que le saludaba. Ya más cerca pudo devolver el saludo a Christiano. Ambos tenían preguntas sin respuesta, pero no tuvieron mucho tiempo para comentarlo. Casi repentinamente el cielo se oscureció, las olas blanquearon la playa con fruición y un rayo de sol extraviado entre las nubes iluminó el torreón derruido.
Ambos miraron hacia el cielo, entre las nubes, de donde partía el rayo. Parecía como si un enorme ojo les mirara a ellos, insignificantes humanos. Entonces aquel fastuoso ojo les hizo un guiño y la bravura del mar se hizo rítmica como si se tratara de una carcajada.
El inspector y el crítico quedaron petrificados mirándose el uno al otro durante tanto tiempo que no se percataron de que el cielo estaba de nuevo despejado y el mar había recobrado su tranquilidad, hasta que una gaviota dejó caer sus copiosos excrementos sobre la cabeza de Christiano.
Narración: Vicente Salinas
Ilustración: Jesús Prieto
