No Puedo Leer a James Joyce
Supongo que como casi todo el mundo, de vez en cuando hago una introspección para valorar mi último trabajo, para ver como he cambiado, para saber si he encauzado bien mi vida o para decidir si me he convertido realmente en lo que quería ser. Últimamente, por suerte o por desgracia estoy pensando mucho en mi faceta de escritor y mis necesidades como lector y he llegado a una terrible conclusión: no puedo leer a James Joyce.
Quizá dicho así alguien piense que tengo algún problema físico con los dos volúmenes que tengo en casa o que hay algo que literalmente me lo impide. Pues no, el problema es mucho más sencillo y a la vez más terrible. El “Ulises” de Joyce me aburre. ¿Cómo puedes decir eso? ¿Pero tú te consideras lector? ¿Y tú quieres dedicarte a la escritura? ¡Sí es una de las novelas más importantes del siglo XX! Supongo que sí, que muchos puristas se echarán las manos a la cabeza, pero realmente me desesperan tanto Leopold Bloom como Stephen Dedalus.
Pero no pongo en duda el interés de la novela, ni la capacidad de de James Joyce para escribir el libro utilizando diferentes estilos, como el humor negro, la parodia o los monólogos; lo que si hago es revelarme contra lo establecido y gritar, a sabiendas de que se me tachará de banal, insustancial o trivial, que estoy harto de la pedantería que supone aceptar que las grandes obras de la literatura universal son divertidas.
Pues no señor, muchas no lo son. He leído a San Juan de la Cruz y me ha resultado complicado y duro; he bregado contra muchas tragedias griegas, solamente porque creo que son enriquecedoras; me he peleado con Luis de Góngora y Argote y he leído el Quijote. Porque si pusiésemos la mano en el corazón, estoy seguro, que muchos de los que se llenan la boca alabando las excelencias de Miguel de Cervantes, no se lo han terminado.
Y aunque parezca lo contrario, mi intención no es despotricar contra estos libros, ni negar la importancia que tienen, que han tenido y que probablemente tendrán en un futuro. Sólo quiero reivindicar la posibilidad de que no gusten, aburran o resulten terriblemente tediosos, sin que por eso la ira de los clasistas más recalcitrantes caiga sobre mí.
Reclamo así mismo la posibilidad de leer “El Código Da Vinci” o cualquier novela que se desee, sin tener que escuchar que los autores tienen poca calidad literaria o que no saben escribir. Además ¿quién es el que lo decide y bajo que premisas? ¿Cómo se atreven a acusar a la inmensa mayoría de la población de leer basura, cuando estamos en un país con los índices de lectura más bajos de occidente? Creo que lo más lógico es animar. Animar y alentar a que cada uno lea lo que quiera o su estado de ánimo necesite.
Además es preferible que el que lea se divierta, porque si no corremos el riesgo (todos), de que no lo vuelva a hacer. Aunque a lo mejor, alguien prefiere un pequeño club de lectores selectos y sesudos a una inmensa mayoría, que lo único que persigue con la lectura es evasión, distracción y diversión.
