Tic-Tac
María José Roca nos deleita con este inquietante relato, surgido de su comentario ganador del primer concurso Más Allá de la Imagen, y se lo agradecemos porque realmente merece la pena.
Marina no tenía madre, su padre una especie de bulto gris y silencioso había pronunciado estas mismas palabras años atrás cuando ella le había preguntado clavando sus ojos en los ojos vacíos de aquel.
En toda su vida jamás le habían permitido salir, la enorme casa estaba bien guardada por cientos de puertas que debían de ser cerradas a llave cada vez que pasaba de una habitación a otra, de tal manera que ese sonido mecánico indicaba al padre protector donde se encontraba su hija en cada momento.
Nada, nunca pasaba nada y el ritmo del enorme reloj de pared que coronaba el salón familiar le recordaba segundo a segundo esta absurda realidad.
Su padre guardó para ella los vestidos de otra niña, de otra mujer anterior a ella y Marina recibió esta herencia que la aniñaba para siempre haciendo que junto con el enorme caserón y la sombra paternal formaran una representación pictórica inamovible, estéticamente carente de emociones.
Desde la ventana de su privilegiado dormitorio, el más alto de la casa, Marina alcanzaba a ver las copas de los frondosos árboles que engalanaban el tupido bosque, más allá no existía nada.
Se miró en el espejo renacentista que cubría la pared norte de su habitación, el vestido hecho a modo de encajes y volantes le hacía aparentar aún en los doce años, a pesar de haber llegado ya con éxito a los 25.
Tras finalizar por millonésima vez el único libro del que disponía la gran biblioteca de la mansión familiar, se dijo entre susurros que quizás había llegado el momento…
…el tiempo es el mayor invento del hombre, no existe, pero nos domina desde que nacemos hasta que morimos, dejándonos en el cuerpo horribles trazas que representan la única prueba de su existencia…
Recitó esta frase escogida al azar del libro que hacía tiempo había quedado irreversiblemente grabado en su memoria.
Marina se miró de nuevo en el espejo, esta vez sosteniendo en su mano izquierda el llavero que contenía un sinfín de llaves para abrir cada una de las puertas que daban vida a su prisión dorada. Con calma fue sacando una a una las llaves de la arandela a la que estaban sujetas, al tiempo que su dulce voz pronunciaba un sí o un no alternativamente. Cada una de estas llaves iban siendo arrojada a un lugar diferente del ancho bosque, en la última llave se dibujó una leve sonrisa en su rostro desfigurado por la ausencia de emociones.
- Sí - fue su última palabra.
Ahora ambas manos, libres ya del peso de las más de cien llaves, se perdieron bajo su vestido para reaparecer con una caja de cerillas robadas quién sabe cuando de la cocina.
El fuego comenzó lamiendo la cortina de la habitación más alta de la casa, y se desplazó con la misma resolución hacia el resto de las dependencias, con un ritmo casi de tic-tac de reloj devoró cada recodo y cada puerta, a su paso sólo las cenizas del tiempo…
