El Alambique
Contemplé el museo desde el puente del Padre Arrupe, maravillándome de los destellos gris titanio que el sol arrancaba de sus curvas. Me felicité una vez más por mi acertada decisión. La verdad es que en Barcelona empezaba a ser demasiado conocida y Bilbao despuntaba por su diseño de vanguardia… Y por sus pinchos. Era una ciudad de tendencias, y yo me lo creía, significase lo que significara. Lo decían, con absoluto convencimiento, algunos de los pocos contertulianos que aún no se dedicaban al poner-a-parir a los famosos que, el día anterior, habían popularizado y ensalzado, y eso me bastaba.
Me lo creía porque quería creérmelo.
Decidí reanudar el trabajo: estaba colgando carteles para mi nuevo taller de Narración Creativa, el primero de los que vaticinaba yo con entusiasmado optimismo, numerosos y productivos cursos que pensaba hacer en Bilbao. Con suerte podría permanecer un par de años en la capital vizcaína y confiaba en catar, e incluso aprender, docenas de las miles de recetas que, según las leyendas de esta urbe, existen para hacer bacalao, o “como mínimo el pil-pil”.
Inspiré el viento sur que impedía que el otoño se instalara en Bilbao. “Uf, voy demasiado abrigada”. De nuevo había hecho caso a los tópicos, creyendo a pies juntillas que en el norte siempre llovía y hacía frío…
Y entonces les vi. Cruzaban la Plaza San Pedro.
Me quedé helada a pesar de la tozudez de un termómetro farmacéutico que insistía en marcar 23 ºC.
Eran ellos. Seguro.
Era imposible la existencia de otra pareja igual: una “i” infantil alargada y cabezona. El uno larguirucho y elástico, con enormes bigotes que se balanceaban con sus andares, y el otro un puntazo a rayas –con extravagante corbata de colores dispares- porque seguramente alguien le había engañado asegurándole que las rayas adelgazaban. La escena me pareció incluso graciosa y me hubiera reído de no ser tan inquietante encontrarlos también aquí.
No estaba preparada para buscar un nuevo destino. Y, además, no quería irme.
Los dos elementos de la “i” iban con un tercero al que no reconocí y que, al lado de los esperpénticos personajes, pasaba casi desapercibido. Se movía con seguridad, calibrando cada paso que daba. Me pareció un vizcaíno que apreciaba los buenos sabores de su tierra, satisfecho de vivir en ella, afable e inofensivo.
Se acercaban. Me refugié tras las enormes espaldas de dos chicos aspirantes a pelotari, simulando que esperaba el Bilbobus. Pasaron ante mí. El inofensivo truncó mi suspiro de alivio cuando, unos pasos más allá de la parada, giró de repente cuerpo e intención y se acercó de nuevo. Falsa alarma… O no. Había vuelto para leer uno de los carteles que hacía unos minutos yo había pegado en los cristales de la marquesina. Con esmero, procurando no romper el papel, ni dañar siquiera la cinta adhesiva, despegó mi cartel, lo dobló con cuidado, como si quisiera practicar papiroflexia y se lo guardó en el bolsillo mientras apresuraba el paso para volver con la para nada sensual parejita.
Hoy, una semana después, con educada voz y movimientos felinos, el inofensivo ha irrumpido en el Curso. Lo he reconocido enseguida pero creo que he mantenido la serenidad. Me ha preguntado educadamente si podía incorporarse al grupo. Le he dicho que sí, ¿qué otra cosa podía hacer? Cierto que los nervios me corroían, pero aún más la curiosidad.
Terminada la sesión y fracasados mis intentos para despistarle, salí con el presunto Jon. Con este nombre y formalidad anglosajona se ha presentado. Sin demasiados preámbulos – algunas cuestiones sobre las motivaciones de los participantes para inscribirse en este tipo de cursos de narración y escritura - me ha preguntado si realmente era escritora, “como pone en los carteles”.
No podía decirle la verdad. Que escritora no soy. Que soy ladrona.
Hace años que me dedico a robar historias y no merece la pena que me auto-engañe con eufemismos. Me dedico al plagio, a copiar, o sea, a robar. Así de claro. Vivo de eso y, la verdad, es que no vivo nada mal.
Los confiados alumnos siempre destilan montones de creatividad que recojo en mi intrincado alambique de juegos y ejercicios, en apariencia inofensivos. Después ofrezco sus jugosas narraciones al mejor postor.
Los mejores postores suelen ser los aspirantes al premio Planeta.
Pero seguro que él ya sabe eso y, posiblemente, sabe que yo soy una ladrona.
Debo buscar otro destino. Es una lástima, porque aún no sé preparar el pil-pil.
Narración: Llum Samuell
Ilustración: Jesús Prieto
