El Futbolín y los Poemas
A veces evoco con cierta nostalgia viejas costumbres de mi infancia y adolescencia. Por ejemplo cuando nos pasábamos las tardes enteras en las salas de juegos, jugando si tenías dinero a los sempiternos comecocos, los marcianitos, el villar a tres bandas o el futbolín, y si no lo tenías mirando como lo hacían otros.
Este fin de semana también me he acordado porque he leído la noticia (siempre triste) del fallecimiento en Zamora el pasado 9 de febrero, de Alejandro Campos Rodríguez, más conocido como Alejandro Finisterre, inventor y difusor del futbolín.
Cuentas las crónicas que estando convaleciente en un hospital por haber sido víctima de un bombardeo durante la Guerra Civil Española, se le ocurrió la idea uniendo el fútbol, al que le gustaba jugar y no podía, con el tenis de mesa. Más tarde patentó su invento e intentó venderlo por todo el mundo.
Puede que alguno se pregunte (pero seguro que no todos), y con razón, porque dedico tanto tiempo a escribir sobre este señor si narrador.es es un blog dedicado exclusivamente a la literatura. Pues ni más ni menos que porque, aparte de haber desarrollado uno de los mejores y más competitivos juegos, Alejandro Finisterre era poeta y editor.
Con León Felipe (del que más tarde sería albacea) editó y vendió en Madrid el periódico Paso a la Juventud. Después de la guerra se tuvo que exiliar por sus ideas y en Ecuador fundó la revista Ecuador 0º,0´,0´´, donde con cada número repasaban la vida y obra de un poeta diferente.
En Méjico creó la Editorial Finisterre Impresora y fue redactor del periódico El Nacional. Cuando volvió a España y durante la transición, a parte de seguir escribiendo, fue miembro de La Real Academia de la Lengua Gallega.
Quizá haya sido un buen poeta, o quizá no. A lo mejor su labor como editor ha sido importante e imprescindible o a lo mejor no. Pero lo que es seguro es que nos dejó un legado tan valioso y trascendental que con él, que quien más quien menos ha perdido, seguro, alguna apuesta.
