Artículo Completo

Existen as Meigas

Sendero en el bosque

Llevaba veintitantos días caminado a buen paso, en pos de un grupo de peregrinos que me precedían desde la garganta fronteriza que une la Península Ibérica con el vecino País Galo. ¡Estaba agotado! El zurrón cargado con los efectos personales, que al azar llevaba colgado del hombro izquierdo, amenazaba con descoyuntarme la clavícula y descolgarse hasta el suelo; los pies, callosos, agrietados y doloridos se negaban a seguir aguantando el ritmo de mis predecesores.

En las condiciones que me encontraba no debí salir ese día del albergue de O Cebreiro, donde otro peregrino con más experiencia que yo, me practicó en los pies una cura de circunstancias, a base de vaselina, yodo y un ungüento que sacó de su mochila, que por cierto quemaba como la lumbre, pero hacía que las heridas se cerraran con increíble rapidez.

No había sido una de las mejores jornadas; es una etapa con veintisiete kilómetros de previsión, y al anochecer no había recorrido ni la mitad. Las brumas vespertinas, tan habituales en estos parajes montañosos, ayudaban al crepúsculo a dificultar la marcha, teniendo en ocasiones que tantear con el cayado los bordes del sendero que discurría a la vera de una escarpada garganta.

No desesperado, pero sí con cierto desánimo y la angustia remordiéndome en el estómago, me desvié de la ruta marcada, por un caminillo que bajaba hasta el fondo del desfiladero, guiado tan solo por una luz rojiza y fluctuante como el resplandor de una gigantesca linterna; varios tropezones, dos caídas y una herida en la frente fueron el precio a pagar por la osadía de internarme en la oscuridad del monte por caminos desconocidos.

¡Al fin llegué! Saltando arroyuelos, a veces sintiendo como el frío del agua atravesaba los gruesos calcetines de lana, sorteando peñas y carrascos hasta que encontré el final del tortuoso camino.

No había ningún poblado; tampoco había esperado encontrar una urbanización con toda clase de recursos humanos donde remediar mis necesidades.

La lumbre que había visto brillar en el bosque y que me había guiado a través de la niebla por el estrecho camino entre peñas, ardía delante de una vetusta construcción de piedra con el techado de paja y la puerta, única abertura en el muro del frente, que era un simple tablero de madera de roble sin desbastar repleta de clavos ferruginosos.

Dejé la mochila en el suelo y golpeé con el puño la hoja de madera, para avisar a los posibles inquilinos, que una visita, probablemente inesperada, aguardaba delante de la casa pidiendo hospitalidad.

La voz cascada de una mujer, a juzgar por el tono de voz una anciana, me despejó la duda de si habría o no alguien en el interior, ya que tenía la sospecha de que hubieran dejado la lumbre encendida para ahuyentar a las alimañas, y que ningún ser humano se quedase a pasar la noche en la soledad de aquel paraje dejado de la mano de Dios. Por sus ademanes, que no por sus palabras, comprendí que había advertido mi presencia mucho antes de que llamara a la puerta, porque no hizo ni un solo gesto de extrañeza; simplemente se puso a un lado de la entrada para dejarme paso, y con el brazo extendido me indicó que entrara.

Añadió algunas palabras, sin duda algún cumplido incitándome a la confianza, pero lo hizo en su dialecto, lengua oficial de toda la región gallega, y no pude enterarme de nada. Aunque no me entienda, al menos, me permitirá dormir bajo techado esta noche, pensé.

El interior de la cabaña estaba iluminado por media docena de velas hábilmente distribuidas, de modo que ningún rincón estuviera completamente a oscuras, aunque tan pobre alumbrado no podía esperarse que fuera capaz de alejar por completo las sombras. No había más ventilación que la proporcionada por unas rendijas abiertas entre las tablas de la puerta; la estancia olía a rancio y a vapor, a coles cocidas con lacón y tocino ahumado. A mis espaldas, oí de pronto que alguien anunciaba su presencia con una parrafada en aquel, para mí complicado y enredoso dialecto, del que no conocía ni una sola palabra; pero por el tono de voz intuí que se trataba de una persona joven, puede que una muchacha, y enseguida me hice a la idea de que supiera expresarse en castellano, y es que comunicarme con los demás por señas nunca se me ha dado demasiado bien.

Vista de frente no parecía tan joven como su voz indicaba, aunque de sus movimientos podía deducirse que no era una anciana; el atuendo rústico, sin duda cómodo y tradicional, la vestimenta más usual de las serranas de aquellas montañas, no dejaba hacer un cálculo ni siquiera aproximado de su edad: zuecos de madera, saya negra de tablas volantes, corpiño cruzado y, como tocado, un pañuelo negro de estameña que impedía saber de que color eran sus cabellos, si tenía o no canas, e incluso si poseía una frondosa melena, o era completamente calva.

-¡Buenas noches, hermano! ¿Os habéis perdido por estos bosques de Dios?

¡Vaya, menos mal! Por lo menos con esta podía llegar a un acuerdo sobre la forma de pasar la noche sin que el frío de la montaña se me colara en el tuétano de los huesos o con el peligro de atrapar una pulmonía. Sin lugar a dudas se había dado cuenta de que el visitante no era gallego, porque desde el primer momento me habló en castellano; con el clásico y remarcado acento de su tierra, pero con una corrección que muchos eruditos querrían para sí.

-Soy un peregrino señora que, más que extraviarme, me he apartado voluntariamente del camino para pedir hospitalidad por una noche. Sólo necesito una cama, un jergón de paja, o un rincón en el que extender mi manta al abrigo del relente. Tenía otras carencias, pero no me pareció correcto pedir ninguna otra cosa antes de que ella hubiera aceptado o denegado la primera petición. No tuve necesidad de hacer más ruegos, su perspicacia suplió con creces a mi innata timidez.

El hambre, el más grave de los problemas añadidos al final de aquella aciaga jornada, fue el primer menester que mi anfitriona se prestó a remediar: longaniza, pescado ahumado, cecina y hasta postre: una pasta de frutas de aspecto parecido al dulce de membrillo, auque con cierto sabor agridulce que me trajo el recuerdo de la salsa de un restaurantes chino en el que por problemas económicos he matado el hambre alguna vez. Una cena que en ningún restaurante de la ruta me la hubieran servido mejor.

Sin añadir una palabra ni en dialecto ni en castellano, la mujer de más edad se recluyó en una segunda estancia, cuya puerta tapada por una cortina de yute me había pasado desapercibida hasta ese mismo momento. La más joven, que dijo llamarse Maruxa, tampoco resultó demasiado locuaz; apenas se interesó por mi lugar de origen y me preguntó si podía remediarme en alguna necesidad de más importancia que las que estaban a la vista.

Durante la cena, en uno de mis descansos, es decir entre bocado y bocado, le hice la pregunta clásica de esos parajes, “la pregunta del millón”, creo que la llaman:

-¡Oiga Maruxa! Tengo una duda y no sé si usted podría sacarme de ella: ¿Existen o no existen las meigas?
-¡Ho filhlinho!, ¿Qué te puedo decir?… Haberlas hailas…

Varias veces intenté que la decadente conversación girara en torno al tema de las brujas, pero en todas fracasé; mi mohína interlocutora era avispada y sabía salirse por la tangente sin tocar el tema. Al fin, sin duda para que no siguiera haciéndole más preguntas sobre algo no quería contestar, me contó un cuento de pescadores de truchas, muy entretenido, pero que de ningún modo me ayudaba a saber que era lo que pensaban los lugareños de una superstición tan arraigada entre ellos.

Terminada la cena me acosté en un rincón sobre una manta raída, de poco abrigo, pero de suficiente aislamiento para que la humedad del suelo no me traspasara la ropa que llevaba puesta. Ella, muy digna, me deseó las buenas noches y fue a esconderse detrás de la cortina de saco por donde se había ido la anciana.

No sé en qué momento me quedé dormido, pero no creo que hubiera transcurrido mucho rato desde que Maruxa me dejara solo. Estaba muy cansado, pero aunque no lo hubiera estado, la paz y el silencio del bosque era como una invitación a la relajación y al sueño; solo el lejano aullido de algún lobo solitario se dejaba oír de cuando en cuando, rompiendo la monotonía del descanso.

Pero de pronto algo extraño ocurrió; algo anormal con lo que yo no había contado, que no era una voz, ni un aullido ni un trueno; algo impreciso e inesperado que me había despertado en mitad de la noche cuando más profundamente dormía. Momentos después surgió la aparición; una aparición maravillosa, extraña y posiblemente temible, pero que no me causaba ni extrañeza ni miedo.

¡Maruxa! Allí estaba Maruxa, completamente desnuda, mostrando su integral belleza en sazón, desprovista de su desfasado atuendo de campesina, acompañada por media docena de rapacinhas jóvenes y agraciadas, tan desnudas como ella, que entraron en la cabaña bailando y ondulando sus cuerpos al son de enormes panderos, unos instrumentos que ellas mismas repicaban. A continuación y como por arte de magia, en mis manos apareció una gaita, con el “folle” de pelo vuelto, y un roncón de madera, tan cumplido como el cayado de peregrino con el que yo me ayudaba en las subidas del camino. No sé de donde salió, pero era un objeto tangible.

De pronto me puse a tocar, y aunque no había tenido nunca en mis manos un instrumento de música, la gaita sonó. Nunca había tocado otro instrumento que no fueran las campanas de la Iglesia de mi pueblo en la procesión del Corpus-Cristi, o en la procesión de la fiesta patronal, sin embargo esa noche parecía todo un experto.

De la gaita salía una melodía celestial y los panderos que le daban la música de fondo estaban tan bien acoplados como si hubieran estado ensayando juntos desde el principio de los tiempos; tañí canciones que no conocía, y que probablemente ningún ser humano había tocado antes que yo, mientras las danzantes a mi alrededor vertían verdaderos regueros de sudor en el frenesí de la danza.

¡Todo, absolutamente todo, tan de repente como empezara se calló!

Quizás un rayo de luz que se colaba por entre los rotos de la parte superior de la manta, bajo la cual me había resguardado del frío, me dio de lleno en los ojos, sacándome de aquel sueño del que no hubiera querido despertar.

Maruxa y sus danzarinas habían desaparecido; sólo estaban las cenizas apagadas de una hoguera aún reciente. A mi lado había unos cimientos carcomidos que mal-sostenían las paredes derrumbadas de una rústica y antigua construcción de piedra, sin techo de paja, ni puerta, ni cortinas interiores ni nada; posiblemente esa misma casa sirvió en otro tiempo de refugio a algún peregrino despistado y perdido entre las brumas del bosque; como yo.

Aferrada con las dos manos tenía una vieja y gastada gaita, con el “folle” de piel vuelta raído y sin pelo, pero que seguramente aun, en las manos de un experto podría encender la pasión de los danzantes.

Me incorporé hambriento, sediento y aterido de frío, y me apresté a desandar el camino del monte para retomar el angosto sendero de la ruta jacobea señalada con mojones pintados de blanco.

Miles de veces me he preguntado si lo que vi y sentí fue cierto o sólo fueron alucinaciones producidas por la el hambre, el frió y el miedo a morir de inanición en la soledad de los montes gallegos. Han pasado ya varios años desde la fría noche que las meigas danzaron en sueños para mí y me enseñaron a tocar la gaita, pero a pesar del tiempo no logro borrar el recuerdo; siempre termino haciéndome la misma pregunta:

¿Existen as meigas? -¡Haberlas, hailas!

Narración: José Pérez
Fotografía: Jesús Prieto

José Pérez  

Artículos Relacionados
Narrado por José Pérez el 22-02-2007 [4 Comentarios]
Categoría: Cuentos

Comentarios   Hacer Comentarios



4 Comentarios

Narrador.es no asume responsabilidad alguna por las opiniones que los usuarios puedan expresar, ni las comparte necesariamente por el simple hecho de haberles proporcionado herramientas de divulgación y participación.


  • 1.- Narrado por Lupita Arciga el 22-02-2007

    Una narración amena y muy interesante. Me quedo con las ganas de saber más sobre esas meigas.


  • 2.- Narrado por Raúl Luceño el 22-02-2007

    Este año tengo pensado hacer el Camino de Santiago. Tras leer el relato de José Pérez mis ganas se han acrecentado. Gracias.


  • 3.- Narrado por xrisstinah el 25-02-2007

    Pues no sé si existen las meigas, pero a mí tu relato me ha tenido embrujada.


  • 4.- Narrado por vvictor mejia el 16-03-2011

    me gustaria saber como me pueden editar un libro




Comentarios   Hacer Comentarios



Hacer Comentarios

Para escribir un comentario a este artículo, solo tienes que rellenar el siguiente formulario y pulsa el botón "Enviar»".Todos los comentarios son moderados por nuestro equipo de editores, por lo que es posible que tu comentario tarde algunas horas en hacerse público.

Es necesario cumplimentar los campos que aparecen con asterisco (*)

 

En cumplimiento de la LOPD 15/1999 y de la LSSI-CE 34/2002, te informamos de que los datos de carácter personal que voluntariamente nos facilitas, incluido tu correo electrónico, se incorporarán a un fichero automatizado, inscrito en el Registro General de Protección de Datos, cuya finalidad es la gestión de las consultas realizadas a través de la Web.Al remitirnos tus datos nos autorizas expresamente a la utilización de los mismos para realizar comunicaciones, incluyendo las que se realicen vía correo electrónico, y que Editorial Narradores, S.L. llevará a cabo para enviarte la información solicitada. Si lo deseas, puedes ejercer los derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición de tus datos, remitiéndonos un escrito a Editorial Narradores, S.L., CM/ Otxarkoaga n° 2 - 1 ° (Edifício Arzubi); 48004 - Bilbao (Bizkaia), adjuntando una copia del documento que acredite tu identidad.

 

Comentarios   Hacer Comentarios


Índice de Artículos Publicados | Participar en el Blog | Política de Comentarios | Propiedad Intelectual | Retirada de Contenidos
©2012 narrador.es

narrador.es en faceboor    narrador.es en twitter


Wikio | Top Blogs | Literatura



Valid XHTML 1.0 Transitional     Validador CSS     Valid Atom 1.0        Directorio de Empresas de Cultura