El Exilio de la Literatura
Aunque afortunadamente ha pasado tanto tiempo que los jóvenes se extrañan cuando les hablas de ella, la verdad es que la guerra civil que asoló este país y los posteriores 35 años de dictadura autárquica, hicieron tanto daño al desarrollo económico de España, como al literario.
Hubo asesinatos de escritores, que tratados igual que criminales fueron, como Federico García Lorca, fusilados y enterrados en una fosa común; a otros los mataron poco a poco al permitir que se pudrieran con sus ideas en infectas y sucias cárceles, como a Miguel Hernández que se lo llevó una tuberculosis pulmonar aguda en 1942.
Pero la mayoría tuvo que exiliarse. Y al hacerlo privaron a España, por la que tantas lágrimas derramaron, de la evolución lógica y natural de la narrativa, la poesía o el teatro. La mayoría murió en los países a los que había huido, echando siempre de menos sus tierra como Arturo Barea que feneció en Londres en 1957; Pedro Salinas que lo hizo en Boston en 1951; Emiliano Prados que falleció en Méjico en 1962; Ramón Gómez de la Serna que pereció en Argentina en 1963 o Antonio Machado que lo hizo en Francia en 1939.
Algunos no volvieron hasta que la dictadura desapareció, como Rafael Alberti y otros regresaron e intentaron (con éxito muchas veces), burlar y despistar la censura aun a riesgo de ser prendidos y juzgados, como Ramón Menéndez Pidal.
También los hubo que por poder regresar, abrazaron al franquismo como ideología única y verdadera, como Ramón Pérez de Ayala y José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido como Azorín; y por supuesto escritores que creían que realmente que el nuevo régimen era la mano de Dios en la tierra.
No es mi intención juzgar a ninguno de estos escritores, sino a la guerra y a la dictadura y además creo firmemente que el castigo cultural al que fue sometido el país entero, innecesario y contraproducente, se habría producido también (aunque contra objetivos diferentes) si los republicanos hubiesen ganado la contienda. Pero de cualquier manera es triste pensar que las armas, pensadas para asesinar, destruir y horrorizar sirven a la vez para aniquilar razones, pensamientos, novelas y poemas.
