El Bucle
Tiene gracia.
Y maldita la gracia que tiene.
Pero a ellos les hace mucha gracia.
Dirán: Qué gracia tiene el puñetero.
Estaba soñando que Bambi patinaba en las escaleras, en el rellano del portal. Por allí iba Bambi despatarrado, como por una pista de hielo, y yo con él.
Y de repente, ¡zas!, me caí sin patines. Pegué contra el suelo y se me despertó un ojo, uno sólo, con el ruido del porrazo. Mis pobres huesos sonaron como las pastas duras de un libro que se aplasta sobre el parqué. Y un poco como ramas secas.
Luego no fui capaz de volver a subirme a la cama.
Mañana les va a hacer mucha gracia, no sé si me lo dije o no, o lo pensé o no. Pero sus palabras siempre eran las mismas: Tiene gracia el puñetero.
Como no lloro, como todo me viene bien, como soy así, ellos me quieren. Me quieren mucho. Siempre me lo dicen.
Imposible. No pude trepar hasta arriba. Agarraba las sábanas sin fuerza y me escurría hacia abajo. El sueño me podía. Quería volver cuanto antes con Bambi al rellano. Bambi con patines y yo con él, como si nos deslizáramos por un lago helado.
Así que me quedé en la alfombra. Me tumbé sobre los pelos de bigote, las migas de pan y las piezas de puzzle que la poblaban. Al poner la cara sobre ella olí a caramelos y a huevo.
Iba vestido con un pijama térmico, porque hacía frío, y si no me caía de la cama, seguro que me destapaba.
En alguna ocasión me habían ayudado a volver a la cama, pero no siempre oían el golpe, mi cataplof.
Mi caldera interior, llena de mocos, hervía como una olla de agua con espaguetis.
Cuánto me gustaban los espaguetis. Mi madre los cocía, me daba uno y me animaba a que lo arrojase contra los azulejos. Si se agarraba, es que estaban listos. Pero a veces el espagueti no se adhería y caía al vacío gritando, braceando inútilmente, sin conseguir aferrarse. Como yo cuando intentaba subirme a la cama y resbalaba.
La cabeza se me despegaba del cuerpo. Iba y venía por la habitación con sus cosas. Y el tiempo dejaba de existir. No había ayer ni hoy, ni esta noche, ni por la mañana cuando me despierte.
Había caído al suelo mientras soñaba con Bambi. A veces mamá venía y me ayudaba a subir a la cama. A veces venía una de las cuidadoras nocturnas, a la que le pedía que por favor no dijera nada, no fuese que me atasen a la cama como a otros. Pero si nadie me oía, no conseguía trepar hasta arriba. Me cansaba de intentarlo medio dormido y me acostaba en la alfombra. Allí intentaba retomar el sueño por donde lo había dejado.
A la mañana siguiente dirían: El viejo tiene una gracia. Que gracia tiene el puñetero. Dice que cuando sueña que patina con Bambi se cae de la cama.
Cuando le decía eso, mi mamá siempre me abrazaba y me decía que me quería mucho, apenada de no haberme oído y de que hubiese pasado toda la noche en la alfombra.
Narración: Antonio Báez
Fotografía: Jesús Prieto
