El Pueblo Que No Debía Existir
El hombre se limpió el polvo de los pantalones, maldiciendo en voz baja por el mal estado del camino que seguía. Se prometió que la próxima vez que fuese a un sitio rural cogería un vehículo adecuado.
Se detuvo unos instantes. Contempló alrededor y sólo distinguió una cantidad indeterminada de aves que remontaban el vuelo sobre los árboles.
—En mi siguiente existencia me voy a reencarnar en pájaro —dijo en voz alta y echose a reír.
Retomó su andar y aprovechó de reacomodar la mochila sobre sus hombros. Repasó calmadamente sus rasgos identificatorios, como para no olvidarlos:
—Nombre: Luis Sepúlveda. Profesión: Ingeniero Agrónomo. Destino: Fundo «Las Piedras Negras». Objetivo: Ayudar al tío de Hernández en sus tierras.
Observó furtivamente a su alrededor temiendo ser espiado por un agente invisible que no percibió. Poco a poco una sonrisa inundó su rostro, pues él era un profesional y como tal lo último que podría hacer sería olvidar quién era sobre el mundo.
Pasó la siguiente hora caminando silencioso y solitario. Según le habían indicado, el pueblo que antecedía al desvío del fundo debía estar cerca. Atrás quedaron los cerros bajos y de escasa vegetación que señalaban la proximidad del mencionado desvío. Pero hasta donde podía distinguir no había ni el menor indicio de un poblado, ni siquiera una leve columna de humo que delatase una cocina hogareña preparando la once.
No obstante, un centenar de metros más adelante, al doblar un recodo del camino se encontró con el pueblo. Surgió de improviso, como si unos instantes antes no estuviese allí. Era curioso el efecto de «aparición súbita» que brindaba aquel recodo. —Al fin —murmuró al tiempo que sentía un escalofrío.
El frío del otoño seguramente era el culpable de aquel ¿cambio? de temperatura. Acortó los pasos y el ritmo de los mismos para poder percibir mejor el aire helado que se filtraba de entre los árboles. Se trataba de una pequeña corriente que parecía provenir del pueblo. Ante esto se abrochó la chaqueta y subió su grueso cuello.
La imagen del pueblo era deprimente, como casi todos los pueblos olvidados que existen en el mundo. Siempre era lo mismo: un conjunto de casas que parecían haber sido arrojadas a manera de desperdicios por los grandes centros habitados. Eran las sobras de los demás. Pero en este pueblo en particular a esa sensación de abandono se sumaba una de… No sabía cómo definirlo y eso lo inquietó.
Entró con cuidado, subiéndose a la primera cuneta que pudo encontrar. Al observar mejor pudo notar la existencia de dos hombres sentados a mano izquierda. Uno de ellos era de edad avanzada; el otro de edad media. Ambos, pese a sentarse juntos sobre un tronco cortado, no parecían estar conversando; quizás se trataba de los clásicos mirones que en todo sitio se dedican única y exclusivamente a observar el paso de los demás. Se acercó a ellos y les preguntó sin dirigirse a ninguno de los dos en particular:
—¿Por acá queda el desvío al fundo Las Piedras Negras?
—Por acá —respondió lacónicamente el hombre mayor y le dedicó una mirada.
Los ojos que enfocaron a Luis eran vacíos, desprovistos de cualquier chispa motivadora. Ignoró el aspecto que ellos le daban al rostro del hombre y prosiguió:
—Me dijeron que era a menos de un kilómetro del pueblo.
—Así debe ser —dijo el desconocido. Su acompañante no había dicho nada y simplemente le dedicaba una suave mirada de reojo al recién llegado.
—Ah…, gracias —agradeció Luis y volvió a ponerse en movimiento.
—¡Joven! —le llamó una voz desconocida en cuanto se hubo alejado algunos metros. Volteó y se dio cuenta de que la voz era del otro sujeto—. No va a llegar al fundo antes de que anochezca. Le sugiero que aloje en el negocio del tío Carlos. —Señaló un punto indeterminado tras la espalda de Luis.
—Gracias —dijo de nuevo el caminante y se dio media vuelta.
“Tío Carlos” anunciaba a grandes letras un sucio y gastado anuncio, colocado sobre una puerta ancha. Se preguntó cómo no había visto antes el sitio. Se respondió diciéndose que el mismo estilo monótono del pueblo le había impedido reparar en detalles como el anuncio. Pensaba en todo esto cuando atravesó la entrada del lugar. Una vez dentro cuatro pares de ojos lo miraron con curiosidad. Eran tres hombres maduros y una mujer joven, la cual le inquirió:
—¿Busca alojamiento?
“La maldita debe leer el pensamiento”, pensó Luis e instintivamente se colocó a la defensiva.
—Sí —respondió, demostrando algo de desconcierto en la voz y la mirada, el desconcierto de alguien que llega a un sitio desconocido.
La mujer estaba sentada tras una especie de escritorio, junto a uno de los hombres (que parecía el dueño del lugar; ¿sería el tal Carlos?). Los otros dos se encontraban en una mesa junto a una gran ventana de la cual recién se percataba su existencia. Frente a ellos había sendos vasos de algo que parecía ser vino tinto.
Por la mirada que la joven intercambió con el sujeto de al lado, Luis dedujo que le estaba pidiendo autorización para ofrecerle alojamiento. Al parecer la respuesta fue positiva y lo guió por un pasillo. Caminaron una decena de metros en silencio. Mientras atravesaban el corredor, Luis notó que los hombres que dejaba atrás permanecían en el mismo silencio que los rodeaba al momento de llegar. Las viejas tablas crujieron bajo sus pies, arrancando así leves instantes de sonido al silencioso lugar.
—Aquí es —indicó la joven al tiempo que abría la puerta de un pequeño cuarto. Luis se adelantó unos pasos—. ¿Le gusta?
—Sí, es… suficiente. —La miró a los ojos; ella parecía estar inquieta por algo —. ¿Cuánto…?
—Tío Carlos le cobrará mañana —interrumpió la joven, bajando la mirada —. Cuando… Cuando despierte baje a tomar desayuno y entonces hablarán de dinero. Todo es conversable.
La chica hizo el ademán de retirarse, pero la contuvo diciendo:
—En este pueblo no son muy habladores, ¿eh?
—Es que… —Tragó saliva y lo observó con algo de pena —. Una familia muy querida por todos murió y la enterramos ayer.
—Oh…, lo lamento.
—Sí, nosotros también. Lo dejo. Que tenga buenas noches.
—Usted también.
Se disponía a cerrar la puerta cuando la muchacha se volteó para advertirle en tono confidencial:
—Cualquier ruido extraño que escuche lo hacen los gatos o los perros que siempre se pelean; no les haga caso.
—Gracias por la advertencia.
No cerró totalmente la puerta, pudiendo de esta manera ver a la joven desaparecer en la distancia.
Cansado, mucho más de lo esperado, se tendió sobre la cama y permaneció sin hacer ruido. Prestó atención al silencio y en medio de él trató de encontrar algo que lo quebrase. Pero nada. Ningún sonido atravesaba el aire, excepto el roce del viento con los árboles. Se relajó, pues su intención era dormir y no esperaba alterar eso. Poco a poco se dejó llevar por esa plácida sensación que antecede al sueño. Estando en ella, hizo un recuento de lo visto desde la llegada al pueblo y se fijó en que no había observado animales domésticos por ningún lado. ¿A qué perros o gatos, entonces, se referiría la muchacha?
—Duerme, tonto, duerme —murmuró.
De improviso, un ruido fuerte, semejante al de una muralla que se derrumba, lo despertó. Accionó la luz de su reloj y notó que eran poco más de las tres de la madrugada. Todavía no recobraba bien la conciencia cuando oyó a algo reptar junto a la ventana. Era semejante a una gran serpiente, que al parecer se aproximaba a los cristales. Se incorporó a medias en la cama mientras luchaba por desperezarse completamente.
“Piensa bien lo que vas a hacer; mide tus movimientos”, pensó al momento de colocar los pies sobre el suelo. Aprovechó de colocarse los botines a toda prisa, sacó una linterna de la mochila y caminó hasta la ventana.
“Cualquier ruido extraño que escuche lo hacen los gatos o los perros que siempre se pelean; no les haga caso”, volvieron a sonar las palabras de la muchacha en su mente. Pero este ruido no lo hacían los animales domésticos.
Suavemente, con cuidado, fue descorriendo la cortina, manteniéndose un tanto apartado por precaución. Afuera no pudo distinguir nada. Acercó la linterna al vidrio y su mano tembló antes de encenderla. No alcanzó a hacerlo, pues un par de grandes ojos brillaron en la oscuridad y el miedo le paralizó. Allá afuera había algo grande, pesado, que se arrastraba por el suelo y que tenía unos enormes ojos destellando con luz propia; esos ojos ahora lo observaban directamente. Retrocedió hasta la cama con temor y apretando firmemente la linterna. Permaneció inerte, escuchando con fuerza el latir de su corazón, temeroso de que aquello —fuese lo que fuese— saltara a través de la ventana.
—Madre mía, qué es esto —dijo en voz baja.
Inesperadamente, pocos segundos más tarde, la cosa se alejó de la ventana, perdiéndose entre los matorrales que antecedían al cercano bosque. Al momento de desaparecer, Luis se fue relajando poco a poco. Estaba a salvo, al parecer. Pero lo horrendo e inaudito del suceso le impedía volver a echarse a la cama y dormir, así como tampoco podía dejar de suponer que había algo extraño en el pueblo. Tenía la certeza de que todo estaba relacionado en una forma insospechada. ¿Y si la cosa volvía y esta vez rompía la ventana? Era imposible saber qué haría una criatura como esa, un ser jamás antes visto excepto en las peores pesadillas.
Lenta y rápidamente procedió a vestirse, dispuesto a abandonar el pueblo de inmediato. Detúvose unos momentos, pensando en que la criatura podía atraparlo con facilidad en la noche. Prefería correr el riesgo, ya que por ningún motivo esperaría al amanecer en ese sitio.
El corredor estaba vacío. Se deslizó por él con la linterna en la mano derecha, sin encenderla para no atraer la atención. Llegó con facilidad hasta la entrada. Notó que —a la luz de la luna — todavía eran visibles el par de vasos que acompañaban a los dos hombres en la mesa. Se aproximó a ellos, cogió uno y lo olió, alejando su rostro de él casi de inmediato: Olía a chicha podrida.
—Nadie tomaría esta porquería —murmuró.
Encendió la linterna un fugaz instante, lo suficiente para ver la puerta. Una gran tranca la atravesaba y se imaginó el porqué de ella. No lo pensó más y la sacó de su sitio, procediendo a abrir un poco la puerta para husmear la calle. Nada. Ningún movimiento se percibía afuera, ni siquiera un crujido que fuera motivado por el helado viento que parecía inundar todos los rincones del pueblo.
—No, no salga —dijo una voz de mujer a sus espaldas y se volvió sobresaltado.
Vio a la chica vestida con un delantal blanco; tras ella, el tío Carlos (por alguna razón estaba seguro de eso) la seguía vestido con un largo poncho. Ella se acercó a Luis y le puso una mano sobre el hombro izquierdo.
—No salga —repitió.
—Me voy —dijo simplemente el joven y se deslizó por la puerta.
Una vez fuera, notó que el viento era más helado de lo supuesto. Escuchó que detrás suyo cerraban la puerta y colocaban la tranca. Bien, eso indicaba que ellos no querían verse involucrados con lo que rondaba el pueblo.
Empezó a caminar, observando en todas direcciones, sintiendo un escalofrío con cada paso dado, temeroso de que pudieran escucharlo. Caminó apegado a las casas en dirección a la salida. Al desplazarse le pareció que el pueblo era más grande de lo que le había parecido en un principio.
Un ruido suave, semejante al reptar de la cosa, se dejó sentir nítidamente en medio del ulular del viento. Aguzó el oído y lo escuchó nuevamente, reconociéndolo como el mismo que sintió junto a su ventana. Parecía provenir de algún sitio a sus espaldas.
“Me viene siguiendo”, pensó y apuró el paso. Sin embargo, tres casas más allá lo escuchó otra vez y con mayor fuerza, señal de que se aproximaba. Estaba a punto de echarse a correr cuando percibió una silueta que se dirigía en sentido contrario al suyo. Esta silueta en primera instancia parecía un hombre, sin embargo, la luna proyectaba la suficiente claridad para permitirle distinguir sus rasgos. Había algo espectral en la silueta, semejante a un dibujo borroso y de contornos imprecisos.
“Un espectro”, se dijo y buscó con la mirada un sitio en donde refugiarse. Se deslizó por un angosto pasaje entre dos casas, registrando cada rincón. Encontró una ventana de mediano tamaño y la empujó. Al ver que no se abría, rompió los cristales con la linterna al mismo tiempo que las dos criaturas —el espectro y la cosa reptante— se detenían en la entrada del pasaje. Saltó sin vacilar al interior de la construcción, golpeándose el hombro izquierdo contra una mesa. Ignoró el dolor para encender la linterna y buscar una salida. Un marco sin puerta daba a otra habitación y lo atravesó velozmente, escuchando detrás el reptar de la cosa. Abrió una puerta sin cerradura ni mango y se encontró en un corredor casi igual al de la casa en que pernoctaba. Supuso que eran similares y se dirigió hacia la entrada. Al llegar, halló una gran puerta con una igualmente gran tranca. La escena se repetía de una extraña forma. No quiso seguir pensando en analogías y retiró el grueso trozo de madera. Estaba por abrir la puerta cuando sintió pasos al otro lado. Supuso que era el espectro y volvió a poner la tranca en su sitio. Retrocedió unos pasos y prestó atención a los escasos sonidos que se sobreponían al viento. Desde el sitio en que había venido podía oír un cuerpo que se deslizaba por la ventana.
Estaba atrapado. La cosa reptante por atrás y el espectro adelante.
Giró la linterna en busca de alguna salida y la encontró en la forma de una angosta puerta. Se dirigió a ella, abriéndola sin vacilaciones. Un cuarto con cajas y sacos que le brindaban un aspecto de despensa lo recibió. Al fondo del mismo existía una ventana clausurada. Cerró la puerta tras de sí y apiló algunas cajas y sacos para obstruirla. Tardó pocos segundos en ello, tras lo cual se retiró prudentemente de ella en dirección a la ventana.
Por unos instantes sólo escuchó el viento, hasta que por fin el reptar de la cosa se hizo evidente. Junto al reptar estaba el sonido de unos pasos secos y firmes. Ambos parecieron detenerse unos instantes, como si estuviesen deliberando, y luego se dirigieron a la puerta. Luis maldijo en un murmullo. A poco de hacerlo, la puerta fue embestida con violencia. Uno, dos empellones le hicieron ver al joven que no resistiría mucho y cogió una caja relativamente pesada que arrojó contra la ventana clausurada. El cubo de madera atravesó las maderas y los cristales, creándole una vía de escape. No lo pensó ni siquiera una vez y corrió hacia ella. Colocó los pies en un angosto callejón mientras la puerta caía hecha astillas. Se deslizó en dirección al bosque, procediendo a rodear la casa por detrás. Durante unos instantes estuvo tentado de internarse en la espesura; pero lo pensó mejor y decidió que tenía más probabilidades si huía por el camino. Se deslizó paralelamente a la calle rumbo a la salida del poblado. Creía haber dejado atrás a sus perseguidores cuando otro reptar se dejó sentir más adelante. Se paró en seco y escuchó más ruido proveniente del bosque. Además, unos pasos inconfundibles llegaban a sus oídos desde un cercano callejón.
“Son varios”, pensó con espanto.
—¡Hey! —escuchó en voz baja, casi en un susurro.
Una mano lo invitaba a entrar desde una ventana cercana. No veía a quien le llamaba en medio de la oscuridad. No quiso encender la linterna para enfocarlo, pues eso podría atraer la atención de quienes le perseguían. A sabiendas de que podía ser una trampa, decidió correr el riesgo y aceptar la invitación. Se dirigió a la ventana y entró por ella, siendo ayudado por unas manos solícitas. La ventana se cerró a sus espaldas.
—Apague esa linterna —pidió el tío Carlos cuando el haz de luz se enfocó sobre él. Luis hizo lo pedido y la joven le reprochó:
—Le dije que no hiciera caso de los ruidos.
—Soy curioso —replicó Luis y se sentó en el suelo al tiempo que apoyaba la espalda en una pared—. ¿Qué pasa aquí?
Sus interlocutores no respondieron y permanecieron en silencio. A través de este silencio percibió el sonido que producían sus perseguidores, roces y siseos tenebrosos que provocaban diversas reacciones de temor. Era una atmósfera extraña, con esa también extraña pareja, todos ellos rodeados de seres espectrales, siniestros, demoníacos. La joven le observó y Luis trató de indagar en sus ojos algo de lo que ella llevaba dentro. No pudo percibir nada. Tampoco lo logró en el tío Carlos. Ante esto, cambió de táctica y golpeó con suavidad la pared a sus espaldas con la cabeza.
—Si voy a morir quiero saber por qué. —Ellos se cogieron de una mano y sus miradas se cruzaron acongojadas para luego volver a observarlo silenciosamente. Al ver que era evidente que nada le dirían optó por añadir—: Está bien, juguemos a la ley del hielo.
—Por el momento no te encontrarán —dijo el hombre.
—Si logras sobrevivir hasta el amanecer… —empezó a decir la muchacha y el hombre la hizo callar oprimiéndole el brazo.
Luis se colocó de pie con suavidad, tratando de no hacer ruido y atento al menor imprevisto. Le dirigió a la pareja una mirada vacía, tras lo cual empezó a deslizarse fuera de la habitación. Volvió un instante el rostro para verlos, captando en ellos un dolor profundo e indescriptible, como si fuesen cómplices de algo de lo que no podían escapar.
Un silencioso pasillo recibió al perseguido hombre, quien sentía latir su corazón con demasiada fuerza.
“Tranquilo, debes mantener la calma”, pensó al tiempo que rodeaba una mesa con sus sillas. Atisbó por una ventana sin ver nada más que un paisaje gris y sombrío. Recién entonces se percató de que en ninguna construcción en que había entrado encontró moradores. De hecho, los únicos con que se cruzó durante su huida nocturna fueron el tío Carlos y su ¿sobrina? ¿Y el resto? ¿Acaso serían los…?
—Maldita sea, por eso eran tan calladitos —murmuró mientras se imaginaba a los demás moradores del pueblo convertidos en las cosas que lo perseguían. A menos que estuviesen refugiados en sus casas, aunque ello le pareció poco probable; de ser así, hubiese encontrado a más de alguno.
Como la calle se veía despejada salió de la casa. La escena le pareció una repetición de la vez anterior en que abandonó una construcción, todo era igual: las mismas casas, la misma calle, el mismo cielo despejado y el mismo viento gélido que se filtraba por cada pliegue de la ropa. Ignoró esta similitud y caminó con lentitud, pegándose a los muros. De esta forma logró recorrer un centenar de metros antes de que un ruido sobre su cabeza lo pusiera en alerta. Detuvo sus pasos y observó hacia arriba. Antes de poder completar la maniobra, el pequeño techo que lo cubría se rompió y una figura borrosa cayó a su lado, rasgándole el brazo izquierdo con unas zarpas muy afiladas. Luis atinó a defenderse con un fuerte derechazo, el cual se estrelló contra una masa blanda y que —contrariamente a lo esperado —fue expelida hacia atrás por la violencia del impacto. No esperó a ver qué reacción tendría la cosa y echó a correr.
Al momento de atravesar la siguiente esquina, dos sombras y una cosa reptante surgieron en su camino. Frenó en seco y miró a la derecha, encontrándose con otro par de sombras en dirección suya. Atrás, venían cuatro seres y no se preocupó de diferenciarlos. De su herido brazo cayeron algunas gotas antes de decidirse a escoger el único camino libre: la izquierda. Antes de llegar al bosque arrojó todo su cuerpo contra una puerta que se abrió fácilmente; al parecer no tenía tranca y a nadie le importaba el que alguien entrase. Atravesó un comedor sucio, abandonado, arribando a una bodega casi idéntica a aquella en la cual fue arrinconado minutos atrás. Empero esta bodega no tenía ninguna ventana clausurada.
—Fin del camino —dijo en voz alta, escuchando el acercarse de los que lo perseguían.
Miró su rasgado brazo, recordando un accidente sufrido cuando niño. Mas esta vez la culpa no había sido de una bicicleta. Se maravilló del simple hecho de ver surgir la sangre a través de los cortes, escurrir por el brazo y arrojarse al vacío al llegar al codo. Era estúpido observar eso en instantes como aquel, aunque sabiendo lo que pronto acontecería logró distraerlo unos momentos.
Dos cosas reptantes y tres sombras se hicieron presentes en la habitación. Los miró directo a los ojos, dejando colgar sus brazos, desafiante. Nada sucedió unos momentos, hasta que la joven y el tío Carlos se asomaron tímidamente por la puerta. Tras ellos se distinguían el resto de los seres.
—Es el fin de todo —dijo Luis, tornando su mirada dura como el acero—. En verdad su trampa es muy buena: Acogen al forastero, le hacen dormir, después le despiertan sorpresivamente con espanto y le hacen correr por su vida. —Escupió al suelo—. Una trampa muy buena —repitió.
La atmósfera era sumamente tensa, tanto que ni siquiera sus perseguidores parecían escapar a ella. Luis observó alrededor y dijo:
—Bien, se acabó. —Su rostro adquirió una repentina seriedad y cruzó los brazos sobre el pecho, sin que en ellos se viese la menor traza de herida; aún más, la chaqueta no acusaba ni el más leve rasguño—. No intenten huir, es inútil.
Unos destellos luminosos provenientes del exterior provocaron confusión entre los presentes. Un chillido se dejó escuchar con fuerza. Como si actuasen de acuerdo, todos abandonaron silenciosamente la casa. Una vez fuera, Luis aguardó a que una especie de estrella azulada se colocase frente a él para decir:
—Todo el pueblo es una trampa, diseñada para capturar a caminantes o viajeros descuidados.
—Y así no llamar la atención —comentó la estrella al tiempo que unos hombres y mujeres aparentemente surgidos de la nada comenzaban a recorrer el pueblo—. Bien, de todas maneras los descubrimos. Ven, vamos al sitio que pertenecemos; los demás se llevarán a los infractores.
Luis siguió a la estrella hacia una especie de puerta dorada que apareció en medio de la calle. Se detuvo unos instantes y miró a la joven y al tío Carlos.
—Tendrán un castigo menor —dijo la estrella —. Intentaron ayudarte.
—Sí, lo hicieron —aseveró Luis, mirando a la pareja a los ojos. Sintió algo de lástima por ellos, ya que habían demostrado ser unos buenos espíritus.
El hombre les dio la espalda, pensando en porque cuando los humanos abandonan su cuerpo se llevan siempre un reminiscente de sus errores y de sus conductas inadecuadas. Se reconfortó con la idea de que pronto podría volver a verlos; quizás hasta pudiesen ayudarlo en una siguiente misión de investigación en la tierra.
El hombre y la estrella penetraron en la puerta y esta desapareció. Pronto, el resto de los seres y las casas también se desvanecieron en la nada y el camino volvió a ser solitario como siempre había sido en ese recodo.
Inscripción Nº 148.890 del Registro de Propiedad Intelectual
Narración: Teobaldo Mercado
Fotografía: Jesús Prieto
