La Mirada de Miriam

*De: Desperfectos del olvido
Con el urbano a diez metros de distancia, Miriam levanta el brazo para hacerle saber que tomará esa ruta. De su brazo izquierdo cuelga una bolsa rayada donde se ve la esquina de una libreta, con el otro brazo sostiene una botella de agua. Sube con cuidado al transporte y al sentarse saca de su bolsa una toalla pequeña color azul con la cual se limpia el sudor de sus mejillas. Por algunos minutos viaja con la mirada puesta en las calles. Su rostro muestra ciertas preocupaciones pero sus gestos contienen una mística que hace que un joven desde lejos la mire de reojo. El viaje rumbo a su casa siempre es largo, y además de las ansiedades, lleva colgados algunos pendientes ese principio de tarde de domingo.

REDRUM. Esa es la palabra que Danny había visto en el espejo. Y aunque no sabía leer, entendió que era un mensaje de horror. Danny tenía cinco años. Y a esa edad pocos niños saben que los espejos invierten las imágenes y menos aún saben diferenciar entre realidad y fantasía. Pero Danny tenía pruebas de que sus fantasías relacionadas con el resplandor del espejo acabarían cumpliéndose: REDRUM… MURDER, asesinato.
Por motivos de salud, la semana pasada, el que escribe, faltó a la cita cuasi diaria que tiene con los lectores de esta revista. Durante mi cautiverio y entre enfermeras sonrientes, voces de aliento de los más cercanos y medicación por un tubo (el que tenía insertado en mi brazo) he podido leer mucho y meditar sobre lo que leía.
La frase-cita de la semana: “La culpa es soltera: nadie la quiere” Anónimo; “El miedo, como un ratón, me roía las entrañas” Manuel Rivas en “La lengua de las mariposas”.
Si os dejaran que soñarais y os preguntaran cómo os gustaría disfrutar del verano, la manera más idílica, seguramente cada uno de vosotros describiría una situación diferente, pintoresca, refrescante y muchas veces inalcanzable. Pero si con los pies en la tierra tendríais que describir una imagen veraniega en la que os gustaría encontraros, estoy seguro que la terraza, la sombra, la playa y la cerveza fría formarían parte de esa imagen.

Vaya noche de primavera. Frío, lluvia y viento. Mas parecía un crepúsculo de los desalmados meses de diciembre y enero que del luminosos mayo en el que nos encontrábamos. Y si no fuera porque el sol se había escondido más allá de las nueve, de verdad habría pensado que el invierno había llegado en toda su crudeza.